SEVILLA Y AMÉN

El Niño especial

Por  7:10 h.

El Ni­ño na­ce de mu­chas ma­ne­ras. En to­das par­tes. Na­ce en el Sal­va­dor con tú­ni­ca blan­ca ape­nas un ra­to an­tes de ba­jar por la ram­pa muer­to. Na­ce en San Lo­ren­zo con una cruz al hom­bro, que es el cuar­to re­ga­lo de la Epi­fa­nía. Na­ce de las en­tra­ñas de la Es­pe­ran­za ya sen­ten­cia­do y tres ve­ces caí­do. Na­ce a la vi­da ple­na en el Pa­tro­ci­nio dan­do el pri­mer ji­pío del nue­vo mun­do. Y na­ce en la ca­lle Cas­ti­lla al­re­de­dor de una po­leá de gi­ta­nos de la ca­va que can­tan con el al­mi­rez por bu­le­rías: La Vir­gen fue a dar a luz a Je­sús en un co­rral de un rin­cón del arra­bal don­de es­cul­pie­ron su cruz. En­tre la mu­la y el buey alum­bró an­he­los sa­gra­dos, un Ni­ño de ojos ce­rra­dos con una cruz de ca­rey. Rom­pió aguas al pa­rir pa­ra au­men­tar el cau­dal de una pi­la bau­tis­mal lla­ma­da Gua­dal­qui­vir. Los Re­yes tras la cen­te­lla por la ca­lle San Ja­cin­to lle­ga­ron por pu­ro ins­tin­to a las Pe­nas de la Es­tre­lla. Al pa­sar por San Gon­za­lo lo vie­ron an­te Cai­fás apren­dien­do ese com­pás que le die­ron de re­ga­lo. Y así se creó es­te ri­to de Se­vi­lla en No­che­bue­na: La O siem­pre en cua­ren­te­na me­cien­do al Jo­ro­baí­to.

Por­que la O de la es­pe­ran­za es re­don­da, per­fec­ta. Pe­ro no es fi­ni­ta, sino to­do lo con­tra­rio. Es la re­pre­sen­ta­ción del es­la­bón que con­for­ma la ca­de­na de la eter­ni­dad. Es el sím­bo­lo de la ma­ter­ni­dad de Ma­ría. Eter­ni­dad y ma­ter­ni­dad son dos pa­la­bras ca­si idén­ti­cas, ra­zón por la que esa Ma­dre ex­pec­tan­te, sin pe­ca­do con­ce­bi­da, es un men­sa­je de es­pe­ran­za pa­ra las mu­je­res a las que les ace­cha la du­da de dar vi­da. A las ma­dres que te­nien­do di­fi­cul­ta­des pa­ra criar a sus ni­ños apues­tan por la es­pe­ran­za, La O les ofre­ce co­mo pa­ri­to­rio en su bol­sa de ca­ri­dad un co­rral de Tria­na, que es don­de se­ña­la la Es­tre­lla de San Ja­cin­to el pun­to exac­to en el que na­ció Je­sús de Se­vi­lla. A esa pe­nu­ria de la con­cep­ción sin es­pe­ran­za, que es la pa­ra­do­ja más te­rri­ble que nos quie­ren im­po­ner los es­cép­ti­cos, hay que en­fren­tar­se co­gien­do la cruz he­xa­go­nal de la ca­lle Cas­ti­lla pa­ra lle­gar al pa­raí­so. Y eso es lo que han he­cho los ni­ños del co­le­gio San Pe­la­yo otro año más. Ni­ños de edu­ca­ción es­pe­cial. Ni­ños en los que sus pa­dres con­fia­ron a pe­sar de los con­tra­tiem­pos que les ofre­cía la vi­da. Esos ni­ños han mo­de­la­do a Je­sús con sus ma­nos en el Na­ci­mien­to so­li­da­rio de Los Ar­cos. Ay, los ar­cos. En ca­da ar­co hay una es­pe­ran­za. Esos chi­qui­llos han pe­lliz­ca­do el ba­rro tria­ne­ro a su for­ma pa­ra ha­cer un Ni­ño co­mo ellos en el pe­se­bre. Un «jo­ro­baí­to» que car­ga­rá la cruz de sus dis­ca­pa­ci­da­des, que en el fon­do son gran­des ven­ta­jas an­te el amor. Las hu­mil­des fi­gu­ri­tas de es­ta es­tam­pa es­tán anun­cian­do to­dos esos na­ci­mien­tos dia­rios en los que mu­chos no creen. Pe­ro Dios sí. Por­que na­die ha te­ni­do ja­más un Hi­jo más es­pe­cial que el su­yo.

Alberto García Reyes

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