El Señor de la Salud de los Gitanos
SEVILLA Y AMÉN

El santuario gitano

Por  9:36 h.

La luz del rosetón no tiene quien la ciegue. Está siempre ojiplática mirando a su Señor, que duerme con la cruz. La cruz de la conciencia de un pueblo sin vallados, un pueblo caminante cansado del exilio que un día se detuvo. Y fue en Serva la Bari. La cruz de los Gitanos sublima el Viacrucis de todos los calés que fueron al calvario cantando en caravanas. Sin patria, sin destino, sin pena, sin lamento. El pueblo resignado. La raza de Jesús. Yo miro el duermevela del Cristo de los cayos delante del vitral que filtra la intemperie y sueño con Angustias de tantos transumantes que sufren de abolengo: los Vargas, los Montoya, los Peña, los Fernández, los Vega, los Moreno, los Reyes, los Ortega, los Maya, los Santiago, los Monge, los Cortés, los Torres, los Heredia, los Cruz, los Ezpeleta… Los pétalos de Flores poniendo su apellido al pie de la Salud. Salud para el que huye, Salud para el que vuelve, Salud para el que canta, Salud para el que calla. De tanto andar descalzo por tierras pasajeras, las plantas del Gitano están sangrando amor. Y al fin, tras el destierro de siglos y de cunas, ya está en su paraíso.

Belén, Jerusalén, Judea, Nazaret… Egipto, Grecia, Francia, la India, Italia, España… Triana, el Arenal y luego San Esteban, después San Nicolás, y Santa Catalina, dos veces San Román… La diáspora perpetua, el éxodo en los huesos, la vida en los caminos, la muerte en ningún sitio y en todos a la vez. La cruz de los Gitanos viajó por los umbrales de puertas entornadas y nunca quiso entrar si no se lo pedían. Y ahora, ya por fin, descansa un lugar que es suyo para siempre: el Valle de Sevilla. Dos décadas de techo sostienen el santuario de la gitanería. Tres siglos fugitivos, eternos veinte años. Los gitanos no quieren principios buenos nunca. Aguantan el dolor con los ojos cerrados y tienen el color del sol en las mejillas. Jamás mueren de frío quizás porque el calor habita en sus adentros. Su piel es su guarida. El rostro del Señor, tan plácido, tan negro: ése es el santuario. Lo digo a su manera, con su mejor exhorto. En en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu.. Me santiguo y me voy sin usar el amén. Naquerándole un ole.

Alberto García Reyes

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