SEVILLA Y AMÉN

El tiempo despegado

Por  8:19 h.

A José María Pedernal, por la inspiración de su cartel

El tiempo es sólo un residuo
en el reloj de papel,
un cartel sobre un cartel,
un triduo sobre otro triduo…
La mirada del asiduo
al poso del azulejo
hace al reflejo más viejo
sin que el tiempo lo interrogue.
Cada cartel es azogue
que le contesta el espejo.

Mírate en ese cristal,
que estás ahí, feligrés.
El tiempo pasa al revés
y se vuelve intemporal
cuando el pasado vernal
se despega en la memoria.
El tiempo arranca la gloria
como un jirón de la piel
y a solas el tiempo y Él
van perfilando tu historia.

Convocatoria de cultos en San Antonio Abad / J. M. SERRANO

El tiempo es un arambel
descolgado en las fachadas,
las horas desarraigadas
a fuerza de puñaladas
en las tripas del pincel,
una puerta sin dintel
con el horario de misa,
una verdad imprecisa,
una mentira perfecta,
una curvatura recta
y una brevedad sin prisa.

Eso es el tiempo: mudez.
Es Silencio, nada más.
Por eso todo el compás
va por dentro y cada vez
que pierde su sencillez
agranda su levedad.
El reloj marca la edad,
el tiempo la infinitud
y la eterna juventud
vive en San Antonio Abad.

Toda nuestra duración
está anunciada en carteles
raídos, sin oropeles,
arrancados de un tirón.
Lo sabe la Concepción,
que en el templo se consume
y al pasar jamás presume
del aroma de su flor:
siempre huele su dolor
mucho más que su perfume.

El tiempo es un besamanos
desgarrado en la pared,
un beso muerto de sed
acariciando veranos,
los labios de los ancianos
que ya no pueden leer
los rótulos del ayer
que han quedado en la capilla,
harapos de una octavilla
tirados por el taller.

Los restos de una novena,
despojos de una función,
los vestigios del pregón,
la misa de Nochebuena…
Ese tictac me condena
con el tiempo despegado.
Siempre voy apresurado
y en la prisa me sentencio,
no me castiga el Silencio,
me azota el tiempo pasado.

El tablón es un olvido,
un culto que ya pasó,
una oración que murió,
un altar ya recogido,
una queja sin sonido
y una noticia a deshora.
Es la señal que devora
las hojas del calendario,
el aviso del quinario
y el rosario de la aurora.

Es la vida que se va
por un bando callejero,
el Silencio de un vocero
resumido en un quizá
y la voz del más allá
de Jesús el Nazareno,
que siempre lleva de estreno
la cruz caída en el hombro.
Es la broza del escombro
y el agua pura del cieno.

Es una extraña amalgama
pintada por el destino,
el recuerdo del camino,
la ceniza de una llama
que emborrona el pictograma
de Jesús crucificado,
un lienzo nunca acabado
que se pinta con el viento
y pasquín del sacramento
que aún no se ha celebrado.

Un cartel, otro cartel,
el pasado y el futuro
colgados del mismo muro,
los dos al mismo nivel,
como Jesús y Emmanuel.
Lo que fue y lo que será,
lo visto y lo que verá
la vida en su porvenir,
el hambre y el elixir,
el dormir con el soñar,
el horizonte y el mar,
la muerte y el sinvivir.

Ahí está el tiempo medido
sin tiempo en el tiempo impreso,
está el papiro tarteso
y está lo no sucedido.
Está el tiempo ya perdido
y el que queda en el mural,
lo ficticio y lo real,
el devoto y el ateo,
la derrota y el trofeo,
la calma y el vendaval.

Ahí está todo abreviado:
lo remoto y lo pendiente,
lo anterior y lo siguiente,
lo perdido y lo anhelado.
Cada cartel arrancado
es el fruto y la semilla,
el tiempo y la manecilla
que parte la vida en dos:
sólo permanece Dios
mientras se nos va Sevilla.

Cartel del Junio Eucarístico

Alberto García Reyes

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