La Virgen de Guadalupe vestida de luto por la muerte de Luis Álvarez Duarte / HDAD. AGUAS
OBITUARIO

Guadalupe de luto

El niño que talló a la Niña de Sevilla se ha esculpido en pino para culminar su obra maestra
Por  16:29 h.

El llanto de la Virgen de Guadalupe, tan chiquilla aún, ha cambiado estos días su sentido. La muchacha de la capilla del Rosario estaba acostumbrada a llorar por su Hijo y, de repente, demasiado pronto, ha tenido que aprender a llorar por su padre. Ha cambiado las Aguas de sus ojos para pasar el tormento de la muerte adelantada de su escultor, que ha fallecido en plena pubertad artística. Porque Luis Álvarez Duarte congeló su tiempo cuando acarició por primera vez la mejilla de su Madre en el embón de ciprés del que emanó esa Muchacha, siendo aún un adolescente que jugaba a buscar a Dios en la madera. Por eso tal vez talló esa cara de niña, esos párpados casi sin estrenar, esos labios bisoños, esos pómulos tersos, ese ay quinceañero, un ay novel, un dolor debutante. En el rostro de la Virgen de Guadalupe, que se quedó a vivir junto a las atarazanas que trajeron su devoción de aquel lado del Atlántico, hay una pátina de sublimidad artística que no guarda relación directa con las aptitudes técnicas del imaginero, sino con las alturas. Álvarez Duarte fue escogido para aquella creación casi infantil y para inundar de inocencia su taller. Autor y obra fueron una misma ensoñación: dejad que los niños se acerquen a mí. Luis tenía entonces 16 años, sólo uno más que la Virgen. No había tenido tiempo de aprender tanto.

Luego ese milagro de maestría pueril secó los labios del Cristo de la Sed, que va a cumplir 50 años dentro de unos días, y reconstruyó de sus propias cenizas a la Virgen del Patrocinio, que este fin de semana ha conocido por fin la muerte de cerca después de tantos años viviendo en el alambre del Cachorro, con los ojos secos de tanto querer llorar y no poder, de tanto ansiar, en contra de su propia voluntad, una expiración que nunca llega. Y después vino la cruz de las Cinco Llagas de la Trinidad. Ese óbito cerúleo que desemboca en la Esperanza, que es la virtud que empuña la mejor gubia, la de la infinitud. Pero a Luis Álvarez Duarte siempre le perseguirá esa mocita que gime en la calle Dos de Mayo con la que logró lo imposible: ser el padre de su propia Madre. En Ella derrochó el imaginero más importante de la Semana Santa contemporánea toda la furia de su juventud, todo ese caudal de emociones que llevaba dentro el chaval que quería esculpir su fe en el primer retal que se le pusiera por delante. Por eso Guadalupe está vestida de luto, igual que la que vive en el Patrocinio, en edad núbil. Y por eso han venido hasta Sevilla estos nubarrones negros que han querido enlutar a toda la ciudad mientras Luis iba envuelto en el pino que durante tantos años le hizo soñar, gubiado él de muerte, camino de la verdad absoluta. Pero yo sé que durante su propio funeral el artista cumplió el rito de pregonero de arcilla. Se acercó a su Niña, le cogió el pañuelo de su mano y le secó las seis lágrimas que él mismo le puso en la cara cuando la trajo al mundo. «No llores por mí, Madre». Y el escultor se fue, tallado por la eternidad, a esculpir su obra maestra de niño prodigio: la Vida.

Alberto García Reyes

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