EL FOTOMATÓN

La alfombra del Rey

La Plaza de San Lorenzo, cubierta de las hojas caídas de los árboles, en la madrugada del 1 de enero, fecha en la que comienza el quinario del Gran Poder para desembocar hoy en la celebración de la Epifanía del Señor
Por  11:36 h.
La plaza de San Lorenzo en la madrugada del 1 de enero / J. M. SERRANO

La plaza de San Lorenzo en la madrugada del 1 de enero / J. M. SERRANO

Son hojas de Epifanía, misericordia de Reyes que dictan antiguas leyes de su vieja monarquía en esta dulce ucronía de estrellas, mulas y bueyes. Son hojas de San Lorenzo, donde Sevilla le escribe la esperanza que concibe su Anunciación en un lienzo. Son hojas de un tiempo azul que tiñe infancias de cielo, que es el color del señuelo que echamos en el baúl. Azul de misericordia que reposa en la paleta del pintor de la memoria cuando pasa la bayeta por la escritura mortuoria de la pizarra violeta y fenece en la victoria de la muerte del asceta. Azul de la moratoria que el tiempo le da a su grieta, azul que gira en la noria , o tal vez en la ruleta, de la doble trayectoria del pitón de la carreta con la que ensaya la euforia el toreo del profeta. Es un azul muy oculto en el envés de Sevilla, un azul que está sepulto, un manjar de las polillas, color elegante y culto que esquiva mil zancadillas, un azul que pide indulto después de muerto en el ruedo y se arrastra en el insulto del quiero pero no puedo. El azul misericordia va en los vestidos de luces del que nos guía a la gloria cargando con nuestras cruces en su hora expiatoria. Es un azul que consuela, un azul que nos perdona, que corrige a quienes yerran, que con paciencia soporta los lamentos de tristeza. Es un azul sevillano, un azul de vida eterna que perdona los pecados y enseña siempre la pierna toreando muy despacio. Un azul que te tutea mientras te enseña sus callos: enero en azul de mayo con los alcorques vacíos, llena de abril al Judío para que crezca su tallo de torrijas y desmayos, de naranjos del estío, de vigilias y trapíos del Viernes que parte un rayo.

Son hojas de savia azul, aristocracia caída, la nobleza escarnecida del porte del abedul. Son teselas de un mosaico que hace Dios para su hijo con hojas del entresijo de su árbol más arcaico. Son hojas como el incienso, volátiles como el viento, un amén sin juramento, preludio del Indefenso. Son hojas de Epifanía porque son mirra de Oriente que van llenando el ambiente de Su gran perfumería. Hojas de muchos quilates que le alfombran su pisada al Negro de esta morada que siembra los arriates. Son estrellas en el suelo brillando bajo sus pies, un firmamento al revés para que ande su desvelo. Son la manifestación del Gran Poder en la Tierra, un prólogo que se cierra al escuchar su oración. Misericordia que auxilia al Rey de nuestra ilusión para dar Resurreción a todo el que se le afilia. Son hojas de caramelos que reparte aquí el Señor con su mensaje de amor esta mañana de anhelos. Son el tiempo que se arrastra, cual inicio de sí mismo, en la noche del seísmo de la sombra en la pilastra. Son las estrellas de Arabia que guían en el otoño al más humilde retoño al quinario de su rabia. Son hojas hechas de oro para esculpir su Pasión, canasta de Ruiz Gijón, mientras se llena el aforo. Son incienso, mirra y oro que han dejado en su portal los que llevan el fanal que ilumina su tesoro. Son unas hojas azules como sangre de Jesús, la misericordia azul que yace sobre los hules. Azul que viene de lejos, azul que el azul no siente y azulea esta corriente de plata de Marmolejo. Azul teñido de Hiniesta, Baratillo y cruz de guía, azul que sube la cuesta del azul Carretería. Son hojas color cobalto, no son sepias del ayer, son hojas del Gran Poder: el Rey que reina más alto.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

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