El anfiteatro de Itálica / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

La cruz arqueológica

Por  7:30 h.

La cruz es un antiguo yacimiento cavado en una elipse milenaria allí donde la yerba entre la piedra, limada por el aire de un jadeo feroz del animal ya moribundo, devora la paciencia de los siglos que se han sentado en el anfiteatro a ver la sangre rota de su pueblo. Las ruinas sepultadas de Trajano no son una postal para turistas que buscan esplendor en el pasado, son tierra donde excretan unos gatos que lamen el dibujo del mosaico y duermen en la sombra de las ménades.

El musgo es el vestigio más erecto que queda en la ciudad donde las fieras mataban a los hombres por los hombres y Venus emergió como una rosa de mármol con espinas en los senos. La sangre milenaria de la fiesta quedó ya coagulada en el olvido y Roma dio su lanza y su caballo al brazo y la conciencia de Longinos.

Las máscaras ocultan las tragedias acústicas que acallan el teatro, ya nada permanece en la miseria que el viento ha devastado en la memoria. Leones con colmillos como torres anuncian el ocaso del imperio con un rugido azul en la montaña: seremos nuestros restos para siempre y todo lo que fuimos lo veremos el día en que la luz se desmorone y crezcan en sus piedras amarillas las zarzas del origen de la muerte.

Morir nunca es morir para Sevilla si no hemos muerto al ver que ya hemos muerto y sólo hemos dejado en el granito las manchas de la sangre que perdimos. Morir es olvidarnos de olvidarnos, dejar en cada piedra nuestra brecha podrida y excavada por felinos que mían solitarios por nosotros allí donde el imperio es la osamenta raída del poder agusanado.

El foro donde dos emperadores rigieron los designios del futuro, ahora es un despojo cadavérico donde una vez quisimos ser el mundo y sólo conseguimos una ruina dormida entre las garras de una bestia domesticada por el hombre: el hombre.

Así nos pasa el fuego del verano: con vientos de Centuria en la colina que tiene nuestra historia sepultada. A veces no sabemos quiénes somos. La veta de la mina de Astarté estaba ya labrada en el subsuelo, debajo de la ruina abandonada de un cerro convertido en escombrera. El oro sepultado respiraba y nadie lo escuchó en sus estertores. Estaba vivo aún dentro del nicho fulgiendo su esplendor abandonado, ahí en la oscuridad y en la desidia vivió durante siglos la opulencia y luego la metieron en un banco con lápidas de hierro numeradas. El brillo más intenso de este pueblo estaba condenado al ostracismo de ser la luz sin luz de nuestros días. Pusimos una copia en el museo, fingimos cada joya que lucimos…

Quizás apenas somos abalorios, mendigos con ingente patrimonio o ricos con total subdesarrollo. El oro que sacamos de la tierra ha estado eternamente en un sepulcro y nunca se han podrido sus quilates, tan sólo se han podrido las pisadas de cien generaciones aturdidas que fueron a buscar el paraíso en un lugar mejor llamado Ispal y no han sabido ver que su futuro está esperando aún en el pasado. Sevilla es una ruina de sí misma en un anfiteatro demolido con una cruz al centro de la arena y el oro de un ajuar deshabitado. Es sólo una reliquia sin altar, la zanja de una cruz de arqueología, la fosa de una muerte salvadora en medio del antiguo pantocrátor elíptico del cónclave de Itálica. Porque la cruz es nuestro yacimiento, la gran excavación de la prehistoria. Y Dios perdura más que todo el tiempo.

Alberto García Reyes

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