Francisco Vélez en el paseo marítimo de Comillas (Cantabria) / JOSÉ JAVIER COMAS RODRÍGUEZ
Francisco Vélez en el paseo marítimo de Comillas (Cantabria) / JOSÉ JAVIER COMAS RODRÍGUEZ
SEVILLA Y AMÉN

La luna de Vélez

Por  0:15 h.

Francisco Vélez de Luna es un hombre tranquilo, profundamente creyente, con unos principios cristianos hondos, bien arraigados en los postulados humanistas, y un sevillano sobrio, nada arquetípico. Yo diría que es un sevillano puro de esos que está más tiempo en silencio que hablando y, por lo tanto, que vale más por lo que calla que por lo que cuenta. Es un hombre discreto, muy trabajador, que se procuró un buen porvenir como abogado gracias a los consejos y esfuerzos de su padre, un humilde currante de quien no sabe hablar sin que se le encharquen los ojos, y que tiene su despacho en su casa del barrio de San Lorenzo, a la vera de su Soledad, en la calle del hombre que talló al Señor de Pasión. Paco ve el mundo a la sombra de Jesús del Gran Poder y a través de los ojos de sus dos mujeres, su esposa Concha y su hija Inmaculada. Vive sólo para ellas. Y las dos le desaconsejaron que se presentara a las elecciones del Consejo de Cofradías. Pero él las desobedeció. Estaba dolido por la deriva de la institución, cuyo descrédito se ha ido acrecentando en los últimos años por circunstancias muy diversas. Vélez ha estado dentro durante todo este tiempo. Nunca ha abierto la boca en los sanedrines de los bares, pero sabe mejor que nadie que el órgano que gestiona el tejido social más importante de Sevilla y el gran acontecimiento de la ciudad está herido. Y en lugar de ponerse de perfil, ha decidido dar la cara, igual que Antonio Piñero, otro caballero que ha tenido la valentía de exponerse sin necesidad a un escrutinio público que aquí sólo trae maledicencias en privado y ojana en público.

Sevilla es criticona por antonomasia. Y en las elecciones del Consejo es muy cómodo decir que los candidatos sólo quieren proyección social, croquetajes y demás habladurías de mostrador. Pero eso no es así cuando lo que se pone en juego es el prestigio personal de quienes dan el paso al frente. Que el Consejo es una institución en decadencia lo sabe en Sevilla hasta el que asó la manteca. Demasiadas convulsiones en muy poco tiempo. Y en este tipo de contextos, lo más habitual es desentenderse del asunto. Dejar el marrón para el primero que pase. Esperar a que vuelva el esplendor y que mientras tanto se queme otro. Sin embargo, Vélez y Piñero, que son dos señores muy respetados en sus respectivas profesiones, han sido valientes, responsables y también —esto es muy importante— ejemplares en su disputa. Y con esa actitud previa a los comicios ya han contribuido los dos a la restauración de la institución. Ha ganado Paco, pero también ha ganado Antonio porque ha ganado el Consejo.

Ahora Vélez tiene una gran responsabilidad: rehabilitar la imagen de San Gregorio, conseguir que allí sólo se hable de Semana Santa, ayudar a las hermandades a consolidar su compromiso con la Iglesia y lograr, en definitiva, que el Consejo sea un órgano con enjundia. Él tiene todas las herramientas para alcanzar este objetivo. Es cofrade hasta las trancas, es creyente por encima de todas las cosas y, sobre todo, es un hombre cabal. Tendrá razón o no en sus decisiones, pero siempre las toma con buena voluntad y dando la cara. De frente y sin miedo a las críticas de los mediocres.

Lo digo con más claridad: la Luna de Vélez es tan buena como la de Parasceve para Sevilla. Por eso cada vez que yo pase por la Plaza de los Carros a partir de ahora voy a celebrar un ritual. Me voy a asomar a su capilla de Montesión, aunque sea por el ojo de la cerradura si está echado el portón, y le voy a pedir a su Virgen del Rosario por él. Y luego alzaré un vaso en el Vizcaíno por un hombre que sabe cargar con la Vera Cruz y al que esta tierra ha de recibir con su saludo ancestral.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Últimas noticias deAlberto García Reyes (Ver todo)