SEVILLA Y AMÉN

La luz de Padilla

Por  1:47 h.

Esa voz algodonada, a veces balbuciente, a veces impetuosa, que tantas noches ha recogido la cofradía entre las sábanas, confundiendo la realidad con el sueño, ha soplado ya la llama de Casa Manolo. Ocurre cada año el mismo día. Sin convocatoria. Los tertulianos que empezaron a hablar de Semana Santa en el antiguo Hotel Niza, esos que alquilaban las sillas verdes de la Plaza Nueva para discutir sobre Dios en las noches largas del verano, celebran uno de los ritos más hermosos de Sevilla. Silenciosamente. Los que tienen que ir saben quiénes son sin que nadie se lo diga. Y sin preguntar, acuden ritualmente. Cada miércoles después de haberse recogido Baltasar. Caiga como caiga. Suben la escalera y van ocupando sillas que el tiempo ha dejado vacías. Los miembros de la tertulia a un lado de la mesa, larga como un pasillo, y los viejos pregoneros al otro lado. En el centro, junto al Cirio Apagao, se sienta la voz que habrá de encenderlo el Domingo de Pasión. Porque allí, hasta las tantas, comienza el Pregón. Allí ha recibido ya Charo Padilla el primer eco de su obra. Unas pastas de terciopelo verde repujadas por Borrero que cubrirán sus desvelos mientras suena «Amarguras» en el año de su centenario.

Charo Padilla recibe las pastas del Pregón / Roberto Iglesias

 

El rito es sencillo. La tertulia le entrega las cubiertas y los antiguos pregoneros la alientan con elogios, consejos, recuerdos, peticiones… Charo atiende con la mirada profunda, en ocasiones incluso húmeda, cada discurso. Y abrazada a la plata que envolverá su palabra, se pone en pie y hace una promesa. No defraudarse, ser ella misma, dejarse el alma. Habla con pureza, con cierta timidez, consciente de la responsabilidad. Y al volver luego por el puente, con el río tendiendo una alfombra verde sobre la noche, comprueba que es cierto lo que le ha dicho Fernando Cano Romero, que siempre avisa al elegido: «Ahora, cuando vuelvas a tu casa, desde la capillita del Carmen verás al fondo la cúpula del Teatro de la Maestranza y a partir de ese momento esas pastas empezarán a pesar de verdad». Charo descubre que es exactamente así. Nos ha pasado a todos los que hemos tenido la inmensa fortuna de vivir esa experiencia. El Pregón pesa. Como un paso. Pero Padilla puede. Porque su voz es de todos. Ella tiene en su garganta el altillo donde todos guardamos nuestra túnica, nuestra primera papeleta de sitio, nuestro costal, nuestra bola de cera, nuestra vida. En sus labios está el aire que apaga cada noche las velas de nuestro recuerdo. Por eso ese peso es tan hermoso para ella. Porque no le hunde los pies, sino que la empuja a encontrarse consigo misma. A vencer el miedo que me describió Pepe Moreno cuando todavía era hermano mayor de Los Gitanos: «Tiene que ser muy duro dos ojos mirando para allá y cuatro mil mirando para acá». Charo, de alguna manera, tendrá sus ojos mirando hacia el escenario para cada vivencia que salga en su pregón estará sentada en una butaca. Y porque cuando una persona va por la vida de verdad, los demás le dejamos siempre nuestra puerta entornada para que pase sin llamar. De alguna manera, Charo Padilla vive con nosotros desde hace muchos años. Nos ha llevado con su voz a ver las cofradías que soñábamos. Y esta vez vamos a ser nosotros los que la llevemos con nuestros oídos hasta la luz de la Esperanza. Sin quedar con nadie. Ya sabemos dónde y cuándo.

Alberto García Reyes

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