Sevilla y Amén

La muralla de eneas

Esas sillas son el muro que separa el tiempo de espera de la hora de Dios en la ciudad
Por  1:00 h.

La muralla de eneas está a punto de ser derribada para que los ojos de Sevilla vean a sus antepasados en el patio de butacas de Dios. En la Campana, donde dentro de un rato el oro de la canastilla de la Borriquita emitirá destellos de infancia, están sonando los campanilleros de la cristalería del Cateca, templo de los vinos de pañuelo, en esta nerviosera del Domingo de la ciudad. Las palmas de la plaza de San Juan están trenzando la espera. Silencio de notas blancas caídas de un pentagrama al que aquí llamamos naranjo. Suena el himno del siglo en las lágrimas de la Amargura, que nunca llegan al suelo. Ni mis abuelos, no los abuelos de mis abuelos han podido ver jamás cómo termina de llorar. En las sillas de la puerta del bar Pinto, sótano oscuro de las saetas que estuvieron perseguidas porque Sevilla no podía soportar esas heridas de la voz, se han sentado todos los recuerdos que nunca vivimos, la memoria aprendida, la sangre antigua y gorda de quienes nos han dejado en las entrañas nuestra sangre nueva y fina. Y aunque ya no está el café cantante Novedades ni el almacén de coloniales al por mayor de Hilario Gutiérrez Gómez, ni la casa del Burrero en la calle Tarifa, está otra vez como ante nuestros deudos el Cristo del Amor. Muerto. Por donde paraba la máquina el relojero José Luengo sigue pasando, detenida en el vaso de arriba de la clepsidra, la Hiniesta. Niña de San Julián. Morena de carbonería. En esas eneas está sentada la historia de Sevilla, la leyenda impaciente de una forma de vivir que dura siete días. Siete. Como las vueltas que le da el cíngulo al Gran Poder en su cintura. En esas sillas en las que se sentó la Niña de los Peines para dejar afónico a Cristo mientras arrastra la cruz desde San Roque ha de haber aún migas del pan de la Cena de hace qué sé yo cuántos años. Y algún retal de los ropajes de los que fue despojado Jesús en el Compás de la Laguna. Y una Estrella. Por ahí ha pasado la vida como pasa la Paz por el Parque: sin pasar. Las sillas apiladas son una ensoñación de algo que hemos creído haber visto, pero que no hemos visto jamás. Cuando la Virgen de Gracia y Esperanza enfila la calle Sierpes y avanza hacia los barrotes tras los que estuvo preso Cervantes, todos somos quijotes ante el trampantojo de la nostalgia. Se nos sienta en la memoria el primer lugar donde vimos al Herodes, la primera lágrima de nuestra madre espejeando su cara con la de la Virgen, el primer apretón de nuestro padre en el hombro, la primera oración pura de nuestras vidas. Y al mismo tiempo se nos sientan en las rodillas aquellos a quienes nosotros tenemos que mostrarles por primera vez nuestro llanto, nuestro abrazo, nuestra plegaria. Así sucesivamente.
Esa muralla de eneas separa dos espacios de la ciudad. Extramuros están los arrabales de la espera, los suburbios del tiempo que queda. Intramuros está Dios en una semana. Y Dios va a vencer hoy esa defensa del tiempo para que el mundo gire en torno a esta eternidad que sólo dura siete días. Siete. Uno por cada esperanza. Un día por cada palabra en la cruz. Uno por cada color del arcoíris y por cada dolor de María. Uno por cada lágrima de la Estrella, que agranda la corriente del río con los afluentes de sus ojos cuando pasa el puente, cuando cruza los muros y se adentra en un lugar que no existe al que llamamos Sevilla. Un lugar en el que hoy se va a sentar la Amargura a ver pasar a su Hijo de largo camino de la totalidad. Como pasa la vida.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

Últimas noticias deAlberto García Reyes (Ver todo)