Dos hermanos de la Candelaria trasladan enseres de la hermandad / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

La primera en la Campana

Por  7:45 h.

Este trajín es la Semana Santa. Los chavales limpiando plata en las puertas de las casas de hermandad, los priostes llevando parihuelas en una furgoneta desde el almacén al templo, los curas preparándose las homilías de los quinarios, los diputados mayores de gobierno estudiándose los itinerarios en la muñeca -tictac, tictac, el reloj es la única brújula-, los meditadores perfilando sus últimos versos antes de la oscuridad frente a su Cristo, las torrijas en la Campana, las colas de las papeletas de sitio, las túnicas olvidadas en las tintorerías, el metro de la Alcaicería midiendo sienes de urgencia, el hilván pegándose otra vez el escudo a la capa, el incienso nublando la puerta del patio de los naranjos del Salvador desde diminutas chimeneas cartujanas, los pasos trasladando vigas de hormigón de madrugada para construir las entrañas de la ciudad siempre de frente, las freidurías encendiendo el sol en el que burbujean los pedacitos, la cera hirviendo tiritando en el cazo antes de morir de frío, los hermanos mayores dando vueltas pensativos por sus capillas, los delegados del Consejo repartiéndose para ir a las funciones, el Mercantil enseñando los estrenos, los floristas encargando lirios en viveros lejanos, la pregonera buscando un papel que no se pegue para imprimir su esperanza, el Arco recién pintado, las palomas de San Lorenzo nerviosas y la primera cruz de guía por la carrera oficial a hombros de un hermano que lleva su devoción del cuartillo al altar.

Esta postal sin aspiraciones, rutina invisible de la Sevilla que empieza a buscarse a sí misma en el almanaque, es una verdad más grande que la Catedral. Esa cruz portada como un nazareno de Ocampo, en silencio, revira por la calle Sierpes mientas la trompetería de los palcos hace sonar sus primeros tubos como una banda detrás de la ciudad. La costumbre suele anestesiarnos y a veces nos impide ver lo que miramos. No nos deja contemplar cómo se viste Sevilla para su ocasión. Y se nos van de largo las puntas de los capirotes asomando por los balcones de las bolsas, las espincas con garbanzos los viernes, las colas de los besamanos, los botones de las mercerías, las cornetas y tambores en las explanadas nocturnas, las agrupaciones musicales por las ventanillas de los coches, los antifaces colgados de un imperdible para que se caigan las arrugas, los recuerdos de aquella vez que no pudimos salir, los cuadrantes de los ensayos, las críticas de los atrios, el tramo que hemos avanzado este año, el aviso blanco de los naranjos… Y las ausencias.

El otro día, cuando vi esa cruz apresurada por la calle, me detuve. Ya está la primera en la Campana, pensé. Y una lágrima me avisó de que este año, tras la cruz de guía de mi memoria, irán de penitentes dos puñales que tengo clavados en el alma. Esta Semana Santa me faltarán dos razones que el trajín de los días procura aliviarme. Porque lo que Sevilla te quita, Sevilla te lo da.

Alberto García Reyes

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