La Virgen de Valme entrando en la ermita de Cuarto / L.M.
SEVILLA Y AMÉN

La primera Virgen

Por  8:03 h.

La primera advocación es Ella. Llegó San Fernando a los cerros de Cuarto con las tropas sedientas y allí invocó a una Virgen que llevaba consigo para que intercediera en el asedio a Sevilla. «Váleme, Señora». Y le valió. Pelay Correa clavó su espada en el suelo y manó un venero que dio de beber a los soldados en el lugar exacto al que hoy llamamos Fuente del Rey. Cuenta otra leyendaque Fernando III logró entrar en la mezquita principal y allí, detrás de un muro que para él se hizo invisible, pudo contemplar escondida a la Virgen de la Antigua, una aparición que le permitió entrar triunfante en la ciudad el 23 de noviembre de 1248. Pero mi «verdad» es otra. El hijo de doña Berenguela entró en el paraíso gracias a Ella. La pequeña Mujer que tiene un templo con columnas de romero y varas de nardo, de flores de seda y farolillos pendulantes, esa que lleva al Chiquillo en arrullo por la Carretera Vieja para reencontrarse cada tercer domingo de octubre con la historia de Sevilla, esa es la que abrió las puertas de la ciudad con la llave que Axataf le entregó al Rey Santo. Ella es la primera porque se quedó con el nombre de la oración y desde entonces va en romería desde la cuna de Estefanía y Elvira, las dos hermanas que heredaron las tierras de Gonzalo Nazareno, hasta la ermita que San Fernando le irguió para agradecer su misericordia.

A veces no nos conocemos y terminamos huyendo de nosotros mismos. Los sevillanos hemos inventado tradiciones que apenas tienen unos años y, paradójicamente, hemos desdeñado otras que están en la matriz de nuestra idiosincrasia. Por eso creemos que la romería que va a Cuarto es de Dos Hermanas y la miramos como si no fuera sevillana. Error. Esa es nuestra romería porque conmemora la Reconquista de la ciudad, celebra el acontecimiento cristiano más importante de nuestra historia y renueva cada año el compromiso de Sevilla con la fe. Ella es la que custodia el pendón que el Rey le arrebató a los moros, la Muchacha que en estos días de nubes oscuras aclara el horizonte de quienes creemos a ciegas en el Niño que lleva en sus manos. Ella es la gloria definitiva de la ciudad.

Cuenta la leyenda también que San Fernando mandó tallar una Virgen a semejanza de la que había intercedido por él en la conquista, pero que ninguna le satisfacía hasta que tres misteriosos escultores alemanes solicitaron llevar a cabo el encargo sin ser vistos y una de las sirvientas de palacio oyó música celestian en los aposentos de los artistas. Hubo allí un gran resplandor que fulgía de la Virgen de los Reyes y el obispo Don Remondo certificó el milagro, por lo que aquella talla quedó como la definitiva en el Alcázar hasta que, tras la construcción de la Catedral, pasó a reinar en su capilla propia. Y a la ermita de Cuarto fue otra de las encargadas por el Rey. Entonces aquel templo estaba en los predios de Nazareno y Ella se convirtió en la primera devoción de sus vecinos, que a finales del siglo XIX decidieron llevarla en romería, como están haciendo hoy, hasta los cerros de Bellavista. Por eso Ella es la primera. Porque por encima de leyendas y chascarrillos, esa Virgen tímidamente risueña que lleva una rosa en sus manos es la que ha conservado la plegaria original de la hegemonía cristiana. Y hoy todos los que se han dejado las yemas de los dedos desde el verano haciendo flores de seda para sus carretas y galeras, los que han ido a besarle sus ocho siglos de poder para buscar en sus labios los besos antiguos de sus propios antepasados, los que han visto amanecer por los ojos de esa Niña, los que verán anochecer en los dedos victoriosos de de su Hijo, los que han caminado a su vera pidiendo y dando gracias, los que llevan colgada su medalla en la memoria, los que se persignan al verla pasar por el Barranco y por la Cuesta del Inglés, los que le cantan la Salve para adentro, los que lanzan cohetes mientras la ciudad sueña, los que sueñan despiertos con Ella, todos esos a la vez, volverán a susurrar el primer nombre de la Sevilla mariana.

Valme.

Alberto García Reyes

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