El palio de las Cigarreras en la capilla de la Fábrica de Tabacos / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

La última Cigarrera

Por  8:10 h.

El escritor italiano Edmondo de Amicis quedó roto por dentro cuando entró en la Fábrica de Tabacos de Sevilla: «Había 800 cabelleras negrísimas y 800 rostros morenos». Y lo mismo le pasó al romántico Richard Ford, tan crítico siempre con cuanto hallaba en su camino: «Llevan una mantilla de tira especial, que está siempre cruzada sobre el rostro y el pecho, dejando sólo la parte superior, o sea sus facciones más pícaras, al descubierto». Pero la estampa literaria más honda que se ha escrito sobre las pureras sevillanas es la de Jules Claretie en 1869: «Estos niños en las cunas, situados al lado de sus madres y que ellas mecen mientras trabajan; estos vestidos colgados en la pared, como los cachivaches en casa del revendedor; este sol andaluz jugando sobre estos brazos redondos, sobre estos cuellos elegantes, sobre estas manos que lían alegremente…». Lo que no sabía ninguno de ellos es que una de esas muchachas que ataban cigarros era su Madre. Ni que uno de esos niños que divisaron en sus cunas iba a ser atazo y azotado y llevado a la cruz. Entre todas las cigarreras guapas de Sevilla estaba Ella, la más antigua, una chiquilla del siglo XVII que emergió en los salones del tabaco cuando Juan de Astorga le inclinó la cabeza para compungirse.

Sobre el mito de las cigarreras se ha escrito mucho. Pero, ¿quién ha escrito sobre la gran Cigarrera? Ella no tiene el boato de Merimée ni una marcha de Bizet, pero tiene la verdad entre sus manos, hartas de liar cigarros que llevan en el rapé la sal de sus lágrimas. Ella es la más guapa de las 800 mujeres de cabelleras negrísimas y rostros morenos que vio Amicis, la más bonita de cuantas llevaban la mantilla de tira especial de Ford, la más sufridora que cuantas han tenido que trabajar en esta tierra para sacar a sus criaturas adelante. Ella es una trabajadora a la que el pueblo ha hecho reina y, sin embargo, ahí sigue todos los días en la fábrica, sin engreírse de su corona, defendiendo el puesto de Madre de todas las madres y aguantando el sitio de la última cigarrera, del último jipío, de la última calada de Cristo a la vida. Por eso tiene ese nombre. La Virgen de la Victoria. Porque sólo queda Ella. Ella es la única que resiste los embates de tantísimas injusticias. Ella ha vencido al tiempo, a la pobreza, al dolor, a los azotes, a la humillación, a la muerte. La Niña que vigila todas las melancolías que se quedaron en la fábrica de Los Remedios va a ser coronada porque ha ganado la batalla. Lleva llorando cuatro siglos y no han podido con Ella, que cada vez que se asoma a su puerta acaba con la leyenda. De la Virgen de la Victoria no escribieron los buscones de Sevilla. De Ella, viendo esta estampa de los oros del sol atacando su cara, escribió Federico García Lorca sin saberlo en sus poemas sobre las soledades. «Soledad con el estilo / de silencio sin fin y arquitectura, / donde la planta en vilo / del ave en la espesura / no consigue clavar tu carne oscura». Ni Ford, ni Amicis, ni Claretie. El único que vio a aquella Cigarrera entre las 800 morenas, llorando en la orilla, fue Federico mientras buscaba pena negra: «Por abajo canta el río: / volante de cielo y hojas. / Con flores de calabaza, / la nueva luz se corona». La nueva luz se corona porque la Victoria ha vencido a la mañana.

Alberto García Reyes

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