EL FOTOMATÓN

Los claveles del Calvario

«En ese templo guerrean por el cetro de la belleza los pinceles de Zurbarán con la gubia de Juan de Mesa»
Por  1:00 h.

El Cristo de Roldán ve un rayo de luz atravesando las vidrieras de la Magdalena, como una pincelada de claridad de Murillo, que nació por la collación, y baja solo a la puerta con su danza barroca de las sábanas para tomar el sol de la plaza. Su bisagra tiene música de portón cuando se columpia en la cruz buscando en ese bamboleo la Quinta Angustia de María. Él es el capiller sagrado del templo en el que guerrean por el cetro de la belleza los lienzos de Zurbarán y Lucas Valdés, el retablo de Juan de Mesa, los santos de Duque Cornejo y Ocampo o los adornos de Ruiz Gijón. La Magdalena es una exhibición de opulencia artística que obliga al sol a asomarse por sus ventanales para contemplar la hermosura de la ciudad que alguna vez, ya no recuerdo cuándo, tuvo un esplendor hegemónico. Los telares catalanes de Montserrat permitieron al gremio textil pagarle a Juan de Mesa un cristo que rompe las costuras. Astorga talló allí a María en su Presentación ante el Calvario con uno de los rostros más excelsos que pasean bajo palio por Sevilla. Nicolás de León dejó entre esas paredes uno de los pocos cristos renacentistas de esta tierra, el de Gonfalón, titular de la Cofradía de la Vida de Cristo, extraordinaria paradoja para una iglesia en la que Jesús está muerto dos veces y en el sentido contrario de las agujas del reloj: primero es descendido de la cruz en una coreografía que lo mece inerte desde la primera a la última angustia en el atardecer del Jueves Santo y luego es exhibido yerto en el monte de la tormenta durante la Madrugada del Viernes. Esa oscilación del tiempo, que es como el gozne del Señor del Descendimiento, es la única que mide con exactitud todo lo que no se puede medir aquí.

Un florista en la Magdalena, para el Calvario / J. M. SERRANO

Un florista en la Magdalena, para el Calvario / J. M. SERRANO

Por eso el Cristo de Roldán, ya desenclavado, pende de ese haz que va detrás del carrito de las flores para arrancar un clavel del monte del Calvario. Va la blancura de Sevilla y va también la sangre de Dios derramada. Buscando ojales. Porque los claveles germinan mejor en las solapas que en los huertos. Son recuerdos de mortandad, coágulos del Señor que se disponen como un mosaico en la cepa de su cruz. Y toda cruz en esta ciudad nace del pecho de la gente. Ahí, en ese alamar del reborde de la chaqueta, lleva Sevilla una maceta frondosa que vence a toda la guapura de sus tallas y luego se marchita. Porque la divinidad tiene siempre la gracia encendida. El clavel es la flor que las gitanas viejas usaban para curar las calenturas en sus conjuros errantes. Y exactamente donde Dios se balancea al bajar de su ocaso esculpió Juan Bautista Vázquez el Viejo la Virgen de las Fiebres, una humilde talla de María con su Hijo en brazos a la que se encomendaron los sevillanos que fueron víctimas de las epidemias del siglo XVII. En aquella época se instituyó una frase en la ciudad que fue usada como uno de los grandes lemas del barroco: «Comed y bebed hoy, que mañana moriremos».

Ni el movimiento perpetuo del Cristo Muerto de la Quinta Angustia, ni la quietud inalterable del crucificado de Ocampo pueden resumir con tanta precisión lo que ese carro de claveles anuncia en esta estampa pintada por Juan Manuel Serrano en el contraluz de la Magdalena. Los blancos, émulos del azahar que ya revienta en los naranjos, y los rojos, borbotones de las venas del Salvador, son los claveles silvestres que florecen en el Gólgota de Sevilla, donde la extrema belleza rodea a la muerte que mañana, a mucho tardar, nos hará su Presentación cuando la bisagra del paraíso abra la puerta.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

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