La Virgen de las Mercedes de Santa Genoveva / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

María de las Mercedes

Por  1:15 h.

Una dalia cuidaba Sevilla en el parque de los Montpensier… Esa flor silvestre del Tiro de Línea que arredra a las rosas de María Luisa es la reina de una historia antigua. Todos la conocen en el barrio porque es la madre de un vecino al que se llevaron preso. Una mujer sencilla, de familia humilde, que crió a su hijo con la sencillez de una ama de casa que abre su ventana para que la calle entera huela el hervor de su olla. Esta es la historia de María, que es la pena en persona desde que le quitaron a su Niño, una muchacha guapísima que no ha perdido las ojeras en todos estos años de soledad.

Una tarde de primavera esa niña cambió de color… Y desde entonces todas las mujeres del Tiro van a consolarla en silencio. Los viernes, cuando deja la puerta de su casa entornada, los obreros se cuelan con las manos llenas de grasa por la rendija para verla llorar. Primero le hablan a su Cautivo, que suele matar la prisa de todo el que llega con el tiempo justo. Ante Él se acaba el todo el tiempo, el justo y el injusto. Y luego la miran a Ella y le suspiran en un escueto diálogo de siglos. La mujer dice «ay». Y todos le responden «ay». Pero labios adentro. Así avanza la vida en aquel lado del paso a nivel, donde toda la riqueza es un rato junto a la Madre y al Hijo. Una señora muy mayor me dijo una vez mientras yo le besaba las manos: «Niño, te voy a pedir un favor: cuídala, que yo ya estoy muy vieja y no le voy a poder decir más cosas. Díselas tú por mí y explícame de paso esta cosa rara que yo siento al mirarla». ¿Qué siente usted, mujer?, le pregunté. «Que, siendo mi Madre, yo la miro como a una hija porque soy mayor que Ella, llegué antes al barrio, y Ella sigue siendo la misma niña de entonces».

Y Mercedes murió empezando a vivir… Por eso tiene en el rostro la fría blancura de su nostalgia. Ella sabe que su Hijo es único entre los únicos. Eso también me lo enseñó el hermano más antiguo. Yo estaba hablándole de mis cosas al Cautivo y él se me acercó para susurrarme algo al oído: «En Sevilla hay muchas hermandades que veneran a sus imágenes, como es lógico, pero para pedirle sólo hay cuatro o cinco y éste es uno». Por encima de mi hombro apareció su dedo índice apuntando al Señor. Lo que hice inmediatamente fue pedirle por aquel hombre, que fue de los que ayudó al padre Botella a pedir zarcillitos desparejados por las casas para juntar el oro con el que coronar a la Virgen.

Y las rosas que había en su carita se le volvieron de porcelana… Porque Ella es también la Madre del muchacho de los pabellones militares que se clavó en sus brazos las agujas del reloj y dejó que la muerte cabalgara por sus venas. Y la del niño de la avenida Almirante Topete condenado a vivir en la quietud de una silla. Y la del parado de la esquina que va a escondidas a la Casa Hermandad a que le paguen la luz. Y la del que tiene la casa de tres plantas en la calle Romero de Torres y, sin que nadie lo sepa, da todos los meses un regalo para que su vecino pueda encender su pisito. Y la de los cientos de cautivos que arrastran las cadenas del dolor por el terrazo de las habitaciones de tres camas. Y la de los que han alcanzado la libertad total cuando clavaban las últimas puntillas de su caja.

Mañana, cuando le bese la mano por su día, le daré las gracias entonando el rezo de Rafael de León: María de las Mercedes, mi rosa más sevillana…

Alberto García Reyes

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