El misterio de San Benito en la Avenida de la Constitución, en 2018 / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

Martirios del Martes

Por  8:05 h.

En las pequeñas polémicas de Sevilla, que suelen ser las más ruidosas, es habitual la crucifixión del mensajero. Los periodistas siempre tenemos la culpa de todo porque somos la presa más fácil de batir en cualquier combate. Y, por supuesto, siempre hablamos por algún tipo de interés clandestino de poca monta. Si defiendes al Consejo de Cofradías en su propuesta del Martes Santo, es que te han dado un palco de gañote y, además, tienes un pase para entrar y salir por la carrera oficial a tu antojo. Si, por el contrario, estás del lado de las hermandades que proponen hacer el recorrido entrando por la Catedral y saliendo por la Campana, es que eres hermano de una de estas cofradías y, además, tu hermano mayor te ha prometido una vara. Por pura comodidad, todo el mundo prefiere buscarle una explicación de conveniencia a la pretendida imparcialidad del informador. Lo digo más claro: según las habladurías callejeras, si emitimos una opinión que favorece a una de las partes es porque, como mínimo, nos ha filtrado la información. Y si la emitimos en contra, estamos dándole un palo por no habernos concedido la exclusiva. Obviamente, detenerse en rebatir esto es absurdo y tampoco evita la maledicencia, así que lo mejor es seguir de frente y que digan lo que quieran. Es lo normal. Si damos, tenemos que estar dispuestos a recibir. Así que adelante, aticen, que voy con mi opinión de los últimos martirios.

Lo del Martes Santo tendría que haberse arreglado sin tantas tensiones, que sólo sirven para socavar la importancia de nuestra Semana Santa y para trivializar su esencia religiosa. Me considero amigo de varios hermanos mayores del día, pero en esto se han equivocado. Han presionado demasiado al Consejo y al resto de hermandades, que se han sentido inmersas en una disputa abocada al fracaso. ¿Qué es eso de que las hermandades de un día concreto tienen autonomía para organizarse? Por ese camino se ha puesto en tenguerengue algo más que la autoridad del Consejo de Cofradías, asunto que ya es lo suficientemente grave para detener la deriva, sino que también se ha banalizado el sentido de una estación de penitencia. Para llegar a esa especie de «sedición» cofrade, hay quien ha usado como argumento la incomodidad que el recorrido genera a los nazarenos del cortejo. La palabra penitencia se ha orillado en todo el debate con una naturalidad pasmosa y con eso se ha quebrantado el principio de la protestación pública de fe. No se va a la catedral a dar un paseo agradable. Se va a cumplir con un compromiso ante tu hermandad, ante tus sagrados titulares y ante los ciudadanos que contemplan la procesión. Y desde ahí hay que plantear la discusión para evitar la tentación de teatralizar la Semana Santa.

Estoy seguro de que todos los que han participado en la disputa están plenamente convencidos de estos argumentos, pero quizás la obcecación les ha llevado a aguar el debate de manera involuntaria. Por eso creo que es momento de convocar a todos a la reflexión. La Semana Santa de Sevilla tiene un orden que no se puede alterar de manera unívoca. Y exige por parte de todos mayor generosidad para el entendimiento. Lo ha dicho mucho mejor que yo el hermano mayor del Gran Poder, Félix Ríos, en su anuario refiriéndose al aburrimiento que le produce el recurrente problema de la organización de la Madrugada: «Las hermandades tienen que actuar en comunión cristiana». Como no soy hermano del Gran Poder y aceptaré cualquier chascarrillo sobre esta opinión, lo digo a voz en grito: enhorabuena, señor Ríos. Ponga mi firma debajo de la suya. Y déjeme cumplir penitencia repitiéndolo cien veces. Comunión cristiana, comunión cristiana…

Alberto García Reyes

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