Los seises en la procesión del Corpus / VANESSA GOMEZ

El paso del Santísimo

Por  8:01 h.

En las zapatillas blancas de los niños hay un camino de 500 años. En esta ciudad penitencial, la Semana Santa lo ha absorbido todo, incluso lo crucial, para construir un hábito religioso que a veces nos despista. Olvidamos con frecuencia que las hermandades sacramentales son la primera piedra de muchas de nuestras actuales cofradías. Porque nuestra vocación cristiana está arrastrada por el caótico calendario de celebraciones que hemos ido transformando con los siglos a nuestro antojo. La Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo son capítulos fundamentales del cristianismo. Y en ningún otro lugar como en Sevilla se conmemoran esos sucesos con más profundidad. Gracias a esa religiosidad popular, no hay un solo chiquillo en esta ciudad que ignore el significado verdadero de la cruz. Todos saben que la cruz es el símbolo de nuestra condición de pecadores y, al mismo tiempo, de nuestra salvación. En los Juegos Florales de la Vera Cruz que se han celebrado este mes, el abogado del Estado Eusebio Pérez Torres, que es una de esas eminencias que los sevillanos no sabemos que tenemos porque aquí sólo hablamos de los que tienen invitación fija en los canapés, dijo algo de valor incalculable: «La Cruz no es imagen de la muerte, sino de la vida total. Entonces, ¿por qué su símbolo es un instrumento de tortura y muerte? Porque la muerte es lo que da sentido a la vida. Aceptar la Cruz es asumir las circunstancias individuales que a cada cual nos tocaron en suerte; creer en ella es pensar que la solución a esa pequeñez no es agrandar el individuo que somos, sino trascenderlo en unión de los demás hacia Dios». Pocos lugares como Sevilla aceptan la cruz con más humildad. Por eso la reflexión de Pérez Torres es de lesa sevillanía y de inusual profundidad. Pero, ¿cómo aceptamos aquí la verdadera trascendencia de Cristo en nuestras vidas? La tradición de Jesús Sacramentado ha sido un pilar de la historia de Sevilla. Y, sin embargo, su huella ya sólo permanece con certeza en los seises de la Octava del Corpus. El Cuerpo de Cristo sigue procesionando aquí en el día marcado por la Iglesia originariamente, y no el domingo siguiente, como ocurre en muchos lugares en los que se utiliza ese día festivo para otras celebraciones no religiosas. Aquí continuamos montando altares, participando en la procesión, manteniendo el rito. Pero, ¿sabemos exactamente lo que estamos celebrando? ¿Hay conciencia entre los sevillanos de lo que significa exactamente el Corpus? ¿Tenemos realmente asumido que, cuando entramos en un templo, Cristo está en el Sagrario?

La defensa de esta fiesta tendría que ser un compromiso de todas las hermandades, no sólo de las sacramentales, porque todo gira realmente alrededor del Santísimo. Es legítimo aceptar la vertiente artística, turística, económica e incluso laica de nuestras liturgias religiosas. Pero cuando están desprovistas de su esencia espiritual se convierten en un baile a ciegas. Y Sevilla es tierra de danzas hondas. Es una coreografía de seises sobre el romero avanzando hacia la salvación, paso a paso, con castañuelas, desde la eucaristía hasta la cruz. Un baile en el que todavía conservamos el paso necesario ante la Custodia: de rodillas.

Alberto García Reyes

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