SEVILLA Y AMÉN

Recoged Sevilla

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La Semana Santa no se ha suspendido. Que no nos engañen con eso. El Domingo de Ramos, aunque no salga la Borriquita haciendo su zapateo por las tablas del Salvador, será Domingo de Ramos y entrará Jesús en Jerusalén. El Jueves Santo, aunque no brille la plata de Pasión entre los naranjos, será Jueves Santo y el Señor cenará con sus discípulos, fundará la eucaristía, será traicionado por Judas, prendido y condenado a la cruz. El Viernes Santo, aunque el Cachorro no pueda mirar el cielo de Sevilla, Cristo morirá enclavado, desangrado por sus cinco llagas, y su Madre padecerá el mayor dolor de la historia de la Humanidad. El Domingo de Resurrección, sin que despunte la Aurora ni se abran los chiqueros del Baratillo, celebraremos la Pascua porque el Hijo de Dios habrá cumplido su anuncio dejando el sepulcro vacío para confirmar que, quien cree en Él, vivirá siempre.

No nos dejemos llevar por el trampantojo de las palabras. La nueva epidemia a la que nos enfrentamos nos obliga a pagar el peaje histórico del confinamiento y no nos queda otro remedio que guardarnos en nuestras casas, pero lo que se ha suspendido es la estación de penitencia, no la Semana Santa. No habrá cofradías en las calles y eso supone un mazazo sentimental y económico, viviremos una situación insólita, incluso lloraremos asomados a la ventana para aceptar que la tradición ha tenido que aplazarse y ya no podremos ir a la esquina de nuestro padre, ni ponernos el antifaz de nuestra infancia, ni hilvanar el escudo como nuestra madre, ni enseñar el sitio exacto para verle la cara a la Buena Muerte a nuestros hijos, ni aprender otra vez a vivir en la bulla. Habrá cientos de tabernas con las persianas echadas y no podremos hacer el viacrucis de la Cruz del Campo por los mostradores. Estarán los hoteles vacíos, la calle Sierpes sin cera, el periódico sin crónicas, la radio sin nada nuevo en nuestros oídos, sólo memoria. Sí, será duro, no vamos a negarlo. Pero sólo tan duro como el año pasado fue la tarde para Los Negritos. Será triste, pero no será del todo nuevo. Y tendremos que quedarnos en casa viendo otra vez «Jesús de Nazaret» de Franco Zefirelli o poniendo vídeos del año pasado de la entrada en la Campana de nuestra hermandad mientras nos comemos una torrija con el pijama puesto. Pero no se ha suspendido la Semana Santa. Ni la peor enfermedad, ni el peor sectarismo podrán conseguir eso nunca.

Por eso es crucial que los cofrades estemos a la altura y no demos que hablar. Ahora hay que tener más sensatez que nunca y presumir, cada vez que los medios nacionales pregunten por nuestras cofradías, de lo que significa de verdad una hermandad, que tiene vida diaria, que no es flor de un día. Y con toda tranquilidad habrá que recoger los enseres, como estos dos devotos de la Pía Unión se llevan la cruz y los faroles de vuelta tras el viacrucis, y esperar otro año. Mantener la Esperanza. Porque esa es nuestra única verdad. Saber esperar. Cuando la epidemia expire, alzaremos la cruz y haremos el camino. Pero el próximo Domingo de Ramos, cuando despunte la luz en el Porvenir, activaremos la memoria para que nunca se nos olvide el año de la nada sin renunciar al todo, que es Él. Que no nos engañen. Lo que tenemos que recoger y llevar de vuelta por nuestra calle de la Amargura será todo lo superficial. A Cristo lo seguiremos viendo en su Gran Poder en cuanto nos miremos por dentro, que es por donde irá este año la procesión de Sevilla.

Alberto García Reyes

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