Cirio del palio de la Virgen de la Estrella dedicado a los donantes de órganos / J. M. SERRANO
EL FOTOMATÓN

Retablo de cera a la Estrella

«La luz de Sevilla va junto a la Salud. La Virgen de la Luz de la Carretería, la Candelaria...»
Por  0:09 h.

En una ciudad donde sólo trasciende lo efímero, el mejor retablo está obligado a ser de cera. De ornato fungible. Ha de ser un retablo barroco que no esté esculpido por la muñeca con crótalos de Duque Cornejo ni por las yemas de los dedos de Martínez Montañés. Tiene que estar hecho por la paciencia, por la esperanza, por la luz, por el fuego. Puede ser, perfectamente, esta estrella encendida delante de la Estrella. Una vela fundida bajo el palio de Triana que el otro día volvió a prender en la presentación del programa Saeta, del taller de Robles en la Cope, cuando se le dio un reconocimiento al doctor Pérez Bernal, coordinador de transplantes en Sevilla durante más de una década. Ese cirio dedicado a los donantes iluminó el año pasado la cara de La que alumbra el arrabal durante su viaje a la Catedral. Serrano la vio allí sola, con la llama bailando entre las volutas que habría de derretir el tiempo, y la retrató con un gesto que nos sirve de guía. ¿Soy yo solo el que lo veo, o ese cirio es una mano con el dedo índice señalando a las alturas?

Yo veo ahí la palma de una virgen tratando de apresar el fuego que nos convertirá en cenizas mientras nos indica dónde está nuestra salvación: ahí arriba. Veo cera transplantada en la cera de los siglos para tallar la caricia tenebrosa de una dolorosa que, más de dos mil años después, sigue ardiendo en las mismas angustias. Veo también estalagmitas de la oscura cueva de la Humanidad, que sigue buscando luz en la noche del vacío. Veo roleos, astrágalos, acroteras, arabescos. Veo yesería del Alcázar desliéndose en un alambique que transforma el adorno en una masa uniforme que gotea en un abismo. Aprecio un órgano vital de la Semana Santa que se va marchitando en una extinción incurable, pues la cera que ya ha perdido la batalla y se hace líquida expresión de la rendición es irremplazable.

En ese cirio que paseó por Sevilla la Virgen de la Estrella hay una fantasmagoría que entronca la vida eterna con la extenuación. A las Penas del Señor con la luz del edén. A lo que estando en aquel lado logra venir a este cruzando el río de la existencia. Esa vela mantiene un hilillo de luz que representa a la esperanza de quienes están esperando un trozo de vida nueva en la estación de penitencia de los hospitales. Es una metáfora de la claridad de Sevilla, que siempre va cerca de las advocaciones que representan a dios sano. La Virgen de la Luz va entre las tres cruces de la Carretería, a los pies del Cristo de la Salud del Arenal. La de la Candelaria va detrás del Señor de ese mismo nombre iluminando los Jardines de Murillo. La de la Aurora va celebrando la Resurrección… Pero también va la de las Angustias con el Gitano y la del Refugio con la salubre muerte de San Bernardo.

En la salud siempre hay dos espacios. El de la luz y el de la negrura. El de la curación y el del final. Lo que queda justo en medio es la Esperanza. Por eso este retablo de cera que llora con la lentitud de la miel sobre el cristal es un corazón que abre entre las lágrimas un camarín en el que está el candil perpetuo de nuestra creencia. La verdadera Sevilla se derrite sobre sí misma, pero nunca se rinde. Jamás apaga su Estrella, la que nos señala con su mano el paraíso.

Alberto García Reyes

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