SEVILLA Y AMÉN

Sentenciado

Por  7:57 h.

Por esa sumisión que talló un tu rostro Felipe Morales, Señor, y que hace que tu expresión cambie de gesto con el sol, con la luna, a ras de suelo o desde los balcones para que todos los días sigas siendo nuevo y distinto, Tú no pasas desapercibido. Has sabido aguantar tu sentencia de muerte y la hegemonía de tu Madre por una misma razón: porque eres para los demás, eres humilde y acatas tu porvenir para salvarnos. ¿Cuánta gente dice: el Señor tiene mucha categoría, pero es que la Macarena se lo lleva todo por delante? O aquello otro de «si el Señor de la Sentencia estuviera en otra cofradía sería protagonista absoluto». Yo mismo lo he dicho mil veces y ahora te pido perdón. Quienes dicen eso no te conocen bien. Ella es un huracán invencible. No hay quien resista un vis a vis en su camarín, ni quien sea capaz de rezarle lo que tenía previsto. Cuando la miras de frente, es la Virgen la que lleva el mando porque ahí nadie es nadie salvo Ella. Todo eso es verdad. Y Tú no te entrometes nunca en esa relación porque aceptas tu destino, tus sombras, tu lugar. Pero poco a poco, sin llamar la atención, te vas metiendo dentro de nosotros, como en la vigilia del primer viernes de cada mes, que en este tiempo de muerte ha oscurecido el rostro de La Que Manda por primera vez para darte tu sitio, y nos vuelves locos.

Yo he perdido la cabeza por ti y ya no sé mirarte sin piropearte. A ti me he agarrado en las duras, a ti voy a darte las gracias en las maduras y a ti te pido perdón por ser culpable de tu sino. He querido muchas veces alejarme porque no tengo valor de seguir tu mirada y Tú me has acercado a tu vera para que te hable por derecho. Por eso yo seré siempre lo que tú digas, lo que tú quieras. Aquí estaré, Señor, hasta el último de mis días, para acatar la sentencia que me pongas. Pero hasta que ese momento llegue, seguiré diciéndote a borbotones todas mis coplas desde la cruz que te abre camino por el paraíso, que es la distancia que yo te he pedido, la distancia con la que te digo a oscuras, con la simple luz de unas velas, mis requiebros de loco solitario. Mi sentencia.

Me declaro culpable de todos los pecados que se me imputan y, en consecuencia con mis actos, me condeno y me sentencio a Ti para siempre tras haberte prestado confesión terminal como juez de todos los jueces.

Un momento de la meditación ante el Señor de la Sentencia / J. M. SERRANO

 

Senténciame, Señor, si te sentencio,
que traigo tu condena en la mirada.
¿Por qué pones tus ojos en la nada
y el ay de tu dolor en el silencio?
Perdóname, Señor, si me evidencio:
no alcanzo tu humildad apasionada.
Tú salvas mi conciencia despeñada
y yo, verdugo cruel, te reverencio.
Enséñame, Señor, esa paciencia
que tienes con mi error abominable,
ayúdame a encontrar mi penitencia
en este sinvivir de apóstol falso.
Senténciame, Señor, soy el culpable:
yo soy tu perdición y tu cadalso.

Senténciame, Señor, yo soy tu muerte,
yo soy la cruz larvada de tu queja.
¿Por qué callas así? Tu moraleja
me indulta y yo no paro de ofenderte.
Perdóname, Señor, no sé absolverte
sufriendo como Tú, mi voz se espeja
y sólo es un reflejo que bosqueja
el daño que al gemir te hace más fuerte.
Enséñame, Señor, esa obediencia
tan honda con que acatas este fallo
que dicto acobardado en tu presencia.
Senténciame, Señor, por este agobio
que tengo ante tu luz, eterno rayo,
que eclipsa la vergüenza de mi oprobio.

Senténciame, Señor, soy tu Pilato,
el agua corrompida en que me lavo,
yo soy el pergamino y cada clavo,
yo soy el que matándote me mato.
Perdóname, Señor, el desacato
si hablándote a los ojos te socavo,
yo soy en tus muñecas ese cabo
que anuda mi traición a tu alegato.
Ayúdame, Señor, que traigo escrita
la pena que te inmuta en tu templanza.
Yo soy en tu misterio el sanedrita,
la voz que te culpó, soy el pecado.
Senténciame, Señor, con tu Esperanza,
que soy yo el que ante Ti estoy sentenciado.

Alberto García Reyes

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