El Señor de El Gran Poder / J. FLORES
El Señor de El Gran Poder / J. FLORES

Sevilla Inmaculada

Un humo de castañas gravita hoy como incienso por dentro de la ciudad, de nuestra madre...
Por  19:42 h.
 Hoy es viernes, Señor, viernes de San Lorenzo. Ha amanecido el día pintado por Murillo y en cada pincelada sobre la inmensa bóveda del tiempo que nos cubre todo es blanco y azul. El techo inmaculado de Sevilla protege tus manos renegridas del friolento azote del otoño. Las hojas de los plátanos hacen tupidas mantas ocres en los bancos del parque, donde duermen mendigos que se acuestan en vela y despiertan con sueño. La vigilia tirita en las carnes sin precio de quienes no son nadie para quienes creen serlo. Y al verlos, mi Señor, me he dado vergüenza. No tengo la conciencia tan pura, ni tan limpia, como para ser hoy un hijo inmaculado. Por eso me confieso: yo soy un claroscuro.

Hoy es viernes, Señor, y hay alas de palomas acariciando nimbos de estatuas virginales concebidas sin mancha junto a niños manchados de tierra porque juegan donde arraigan las rosas. Han cantado las tunas clavelitos de ronda en balcones sin luz. El cristal empañado ha llorado su escarcha con lágrimas de aurora. La ventana encendida tiene vaho de muerte, la exhalación de un ay que es el punto final. Hay gente que fenece en la Concepción. Así es la paradoja de esta mañana clara: bailamos sobre lápidas. Somos sólo un relámpago.

Hoy es viernes, Señor, y un humo de castañas gravita como incienso por dentro del Postigo. La Virgen, tan pequeña, camina por la luna. En su capilla cabe el cosmos sevillano: una flor de Toranzo, el recuadro de Burgos, varias ramas de Robles, una sola moneda rodando en las galeras, una danza sagrada de diez seises, sesenta banderines al aire… Y yo vago, Señor, cogido de la mano de todo lo que soy: el hijo de Josefa.

Hoy es viernes, Señor, un viernes franciscano. El blanco en las fachadas es un alud de sombras de gentes que caminan en busca de María. Están las espadañas nerviosas, impacientes, y el cuerpo de campanas se enfrenta a Tu silencio. El torno en San Leandro gira hacia la nostalgia y todo lo que vuelve es un Ave María. Está la Soledad a solas entre el público y la Esperanza aguarda sus horas de Pureza. Y siempre tu zaguán cobija a una mujer que pide una limosna que yo nunca le doy. Es más rica que yo, pero yo no lo sé. Estoy muerto de huir. Te lo ruego, perdóname.

Hoy es viernes, Señor, viernes de Inmaculada. Besaré tu talón y veré traspasada de dolor a Tu Madre, manchada por mí. Andaré por las calles murmurando recuerdos, buscaré en la memoria mis primeras mañanas de diciembre en Sevilla. ¿Dónde estoy, sino ahí? Rezaré letanías que aprendí de escucharlas, que nadie me enseñó. Llenaré mi vacío. Pintaré de celeste mis pupilas al ver el vergel satinado que estoquea la torre. El nombre del Señor es la cima más alta. Y la luz del pandero que gira la veleta señalará Tu cara porque Tú eres mi viento. Hoy, Señor, te suplico que me dejes contarte cómo está la ciudad. Déjame, Gran Poder, que te diga al oído lo que quiero a mi madre. Yo soy un claroscuro, pero ella es pura y limpia. Y me trajo hasta Ti sin dar ningún rodeo.

Alberto García Reyes

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