El Cristo de la Corona por la plaza del Triunfo / JOSÉ JAVIER COMAS RODRÍGUEZ
El Cristo de la Corona por la plaza del Triunfo / JOSÉ JAVIER COMAS RODRÍGUEZ
SEVILLA Y AMÉN

Sevilla se corona

Por  8:01 h.

La humildad lleva Corona y Cristo está de verdad en el Sagrario. Por eso ahí el Señor es la transubstanciación de Sevilla tallada en los mil pliegues de sus ropajes, que son los callejones por los que se llega a la Fe verdadera. Él es el hombro más antiguo sobre el que dejamos nuestros escombros. Es el primero, el vesperal, el principio de los Dolores. La inspiración de Ocampo, hermano de su cofradía, y la obra directa de Dios sin autor terreno. Es el rey necesitado. Un pobre con un palacio. Lleva la cruz desde la Catedral hasta la Catedral, desde el Sagrario hasta la vida eterna, porque es el génesis de Sevilla y el cuerpo de Cristo. Un cuerpecito de verso corto que rodea el mundo, porque el mundo es la Giralda, el Viernes de Dolores cuando la noche se echa a dormir en su hombro derecho, que es la puerta que abre todos los interrogantes.

¿Cómo es posible que siendo el Rey se subordine a cualquiera de nosotros? ¿Por qué asume con tanta resignación el padecimiento que le infligimos cada día? A veces, levantamos la cabeza con soberbia y queremos imponer nuestra palabra sobre todas las demás. Y Él, que es el Verbo, sin embargo calla. Y nosotros, que somos su cruz, tenemos la desvergüenza de hablarle. Él, que es la sagrada forma en el Sagrario, el pan nuestro de cada día, es quien tiene que decirnos quiénes somos. Él, que es el más antiguo, que tuvo de priostes a Pedro Roldán y Montes de Oca y luego supo soportar humildemente el olvido, Él, que siendo de los primeros de la ciudad se ha puesto de los últimos, Él, que sacramenta cada día la rutina de quienes le rescataron del abandono, es quien tiene que hablar.

Nosotros tenemos que callarnos para que Él nos cuente cómo don José Gutiérrez Mora reunió a sus niños de la catequesis para que lo mimaran y lo refundaran. A los Mateo, a Antonio Dubé, a Rafael Belmonte, a Pepe Toranzo… Ellos le limpiaron la mancha del anonimato, que era peor que la del polvo, y lo pusieron sobre un paso. Y rescataron la esencia de una hermandad de Sevilla, una familia pequeña en la que todos tienen que hacer de todo, donde el hermano mayor barre el suelo, el diputado mayor de gobierno limpia los enseres, el teniente carga y descarga… Todos ellos han aprendido su humildad y se han coronado con su soberanía. Al principio, cuando tenían menos dinero que Antonio el de la puerta, aquel mendigo que ayudaba a las ancianas a evitar tropiezos en los tres escalones de la entrada, no podían ni enseñar a su Señor. Decían que eran del Cristo de la Corona y les preguntaban: «¿Y cómo es ese Cristo?». Y tenían que mostrarlo con sus labios, describiéndolo, porque no tenían ni para estampitas suyas. Pero ahora tienen su estampa en el reflejo de sus ojos. Y andan murmurando algo que sólo el Cristo sabe. Se preguntan quién es la persona que periódicamente pone una rosa en su cancelín. Andan buscándola y no dan con ella. Que si la anciana que viene sola y se lleva un rato bisbiseándole cosas. Que si el hombre que trae a su hija enferma y se santigua antes de marcharse siempre. Que si algún guarda de seguridad de la Catedral que en sus noches largas a solas con Él le dice que lo quiere… ¿Quién será? ¿Quién le cambia el madero por pétalos? En la Hermandad están a punto de volverse locos. Han estado vigilando días enteros, pero la rosa aparece siempre cuando nadie mira. Es la rosa de pasión que, como una leyenda de Bécquer, perfuma los escombros de la ciudad antes de ascender a la Giralda en estas vísperas en las que Cristo florece y avanza hacia nosotros así de sencillo:

Abaja la mirada buscando el veredicto / y tiene la certeza de un tiempo sin horario / tallada en los adentros. Quiere morir invicto / reinando en una cruz que nunca le destrona: / un rayo de infinito surgido del Sagrario / traspasa espacio y tiempo. Sevilla se corona.

Alberto García Reyes

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