Rogelio Gómez «Trifón» observa la foto en la que sale su padre con el canasto / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

Soleá, dame la memoria

Por  8:05 h.

Esta historia comenzó en el año 29 y aún no ha terminado porque no tiene fin. Un niño de 12 años criado a la orilla del río Pas subió a un vagón de tercera para buscarse la vida a la orilla del Betis. Sevilla despuntaba en los pabellones de la Exposición. Había trabajo. Y aquel chiquillo ya tenía un destino concertado en la Puerta del Arenal: El Reloj. En aquella tienda de ultramarinos que regentaba un primo de su madre, Triunfo Venancio Gómez puso en venta el tiempo sagrado de todo hombre: su infancia. Pero allí fue también donde le estaba esperando el futuro. En un canasto. Triunfo —Trifón en el habla de los tartesos— se echó al hombro el cuévano con el que las pasiegas acarreaban a sus hijos por la montaña y lo llenó de Esperanza para el resto de su vida. Él mismo contó mil veces lo que le pasó aquel día. Fue su primer Viernes Santo en Sevilla. Fernando Ortiz Pérez, el dueño del Reloj, le encargó un mandado porque en aquella época no había festivos: «Tienes que llevar un pedido a la calle Reyes Católicos». El niño, todavía sin conciencia de las cosas de por aquí, salió de la calle Arfe embalado y no tuvo otra ocurrencia que meterse por la calle del Pópulo, donde estaba la cárcel. Y allí se encontró con Ella. La bulla lo engulló y él no tuvo más remedio que salvar el porte levantándolo sobre su cabeza. «¡Niño, quita el canasto, que no veo!». «¡Te quieres quitar del medio, muchacho, con el puñetero canasto, que me está tapando la cara de la Virgen!»… Le dijeron de todo, pero no podía hacer nada. Los pies no le llegaban al suelo. Se había quedado atrapado en aquella marabunta, pegado a los muros de la vieja cárcel, con la banda deshecha y la Esperanza de frente. (A estas alturas del relato Trifón siempre lloraba). «Escuché las saetas de los presos desde las rejas de la ventanas y se me quedaron para siempre en la memoria».

Esa misma escena fue la que narró Font de Anta cuando se sentó a componer la marcha más honda de toda la Semana Santa, «Soleá, dame la mano». Los presos sacaban los puños por los barrotes mientras le cantaban a la Niña de Triana en aquellas primeras horas de la muerte del Cautivo. Y esos ecos sonaban con la misma trascendencia que los tornos de la cava. Girando en el tiempo por las profundidades de la soledad. Como ahora gira el destino al escrutar esta estampa de la Esperanza en la prisión. La bulla caótica que obliga al palio a revirar más allá de su centro, los tres nazarenos que lo presiden, los músicos mezclados con los sombreros del gentío, los tricornios enterrados en el desorden, las tres mujeres de mantilla en la azotea, los niños trepando por las rejas para verla a su misma altura… Y el canasto.

El hijo de Trifón, Rogelio, al que el viejo llamaba «Liuco» porque además de las anchoas y el bonito metió también en conserva el diminutivo de su tierra, se hizo hermano de la Esperanza sólo por aquella historia que le contaba su padre, de manera que siempre ha sido un baratillero con ancla. Y el otro día, paseando por la Avenida, se topó con su memoria. En la exposición que ha organizado la Hermandad para conmemorar el 600 aniversario de su fundación y que culminará con la Virgen en la Catedral está la foto del canasto. A Triunfo no se le distingue en el bullicio porque el Reloj en el que empezó a trabajar ha contado el Tiempo absoluto, donde nadie es nadie. Pero sus mimbres sí están ahí. Llevando un pedido de Esperanza a la calle del infinito.

Al descubrir el canasto, Rogelio, que siempre había pensado que su padre había exagerado el suceso porque la infancia es nuestra patria, incluso cuando nos la roban las penurias, se derrumbó. El alfar de sus recuerdos ha dado la vuelta y casi noventa años después ha vuelto al mismo sitio. Pero en todo este tiempo ha modelado un porvenir. Ahora el niño de aquel buscavidas que vino de la montaña tiene la medalla de la ciudad. En el silencio suena «Soleá, dame la memoria» tras los barrotes por los que asoma la mano de la que tuvo que soltarse un día «Liuco». Y una de las flores que lleva la Esperanza de Triana en su canasto es de Toranzo.

Alberto García Reyes

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