Quinario al Señor del Gran Poder / J.M.SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

Soledad del Gran Poder

Por  1:51 h.

El aire de la plaza levanta la memoria,
que vuela a media altura con Dios, como la flor
alígera de Pascua sangrada de dolor
en esta madrugada de sueños y de euforia.
Suspiros de ventanas con vaho de victoria
aventan esta noche las huellas del amor
y el vuelo de la túnica bordada del Señor
levanta la hojarasca que cubre su mortuoria.
Está todo resuelto: Jesús recién nacido
ya carga con la cruz y anuncia su agonía,
avanza por el tiempo, patrístico y transido,
y va con sus quebrantos dejando atrás el día,
un día y otro día de cielo detenido,
buscando con paciencia la nueva Epifanía.

El oro de su ropa al viento se ennegrece
y Malco da su mano —la mano de la afrenta—
a Cristo. Lo levanta, lo asiste, lo aposenta.
A veces el que humilla es el que más ofrece.
Ni el oro ni el poder se quedan si clarece.
La noche de los niños precede a la tormenta
y todo ocurrirá sin que nos demos cuenta
al ritmo de la brisa que el ímpetu adormece.
La mano vejatoria de todos sus vecinos
al viento se alzará sin que Jesús se asombre,
así está todo escrito, así son los destinos
ingratos de los hombres: escarnecer al Hombre
al pie de su pesebre, cortarle los caminos,
y luego arrepentidos decir su Dulce Nombre.

Incienso que no falte. Acaso somos humo,
vapor que se fatiga, hollín para la cara
morena del Mesías, tiniebla gris y avara
que oculta los gemidos del dolorido sumo.
La dúctil humareda en la que me consumo
después de haber abierto la caja que me aclara
que no habrá más regalo que Dios —quién lo comprara—
me lleva tras la Estrella y en ella me perfumo.
Incienso es mi regalo de cada seis de enero,
la niebla de mis dudas en medio de la plaza,
el vaho de mi aliento diciendo otro «te quiero»,
la bruma de mis ojos mirando la mordaza
que trae este silencio profundo y agorero
al centro de mi vida, al bien que me amenaza.

Y luego, al fin, la mirra, fragancia del recuerdo,
resina de nostalgias que en Él se bambolean,
olores melancólicos que al verlo se pelean:
a veces huele el tiempo y a veces… no me acuerdo.
Si pierdo esos aromas la infancia es lo que pierdo,
se aleja la niñez, palomas que aletean
y anidan en el bronce, los pájaros que airean
la estatua del autor… Lo pienso y me remuerdo.
El tiempo que voló por el reloj avanza
y vence a la memoria, que en el talón lo besa
con labios del pasado. El tiempo ya me alcanza
y voy tarde a su cita. La vida ya regresa
en un arrullo nuevo con vientre de Esperanza.
La está tallando a solas de nuevo Juan de Mesa.

El Hombre ya ha nacido y ya está condenado.
Y yo, que soy culpable del peso que soporta,
estoy en mi memoria, entre la niebla absorta,
buscando mi futuro detrás de mi pasado.
La cruz sobre ese hombro es todo su legado.
¿Y nos parece poco? Su pena nos transporta
al culmen de la vida, al tiempo ilimitado.
Por eso ante su faz de negra encrucijada
recibo este regalo de inmensa brevedad
y luego, solitario, regreso hasta mi nada,
camino por sus huellas, allí en su vecindad,
y espero en San Lorenzo, al son de su zancada,
las lágrimas a solas que trae la Soledad.

Alberto García Reyes

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