EL FOTOMATÓN

Una cruz de ceniza en el alma

La ceniza que hoy usaremos quienes tanto le quisimos es la de Fernando Carrasco
Por  0:15 h.

Hoy es un día de ayuno. De ayuno y de memoria. Es un día de Refugio en San Bernardo. Porque la cruz de ceniza que el pulgar del sacerdote trazará en nuestra frente no está hecha con el fuego de las palmas del Domingo de Ramos del año pasado. Está hecha con el alma de un amigo que solía recibir con algarabía a Jesús en el Salvador todos los años. Cómo duele recordar. La Salud a la que tanto había rezado Fernando le faltó de repente. Su corazón se cansó de palpitar por los demás y latió un espasmo de eternidad en la Puerta del Príncipe, por la que él había divisado la inmortalidad tantos domingos de Resurrección, después de haber visto al hombre que esculpió a Dios. Es duro asumirlo, pero consuela saber que ahora que está a punto de cumplirse un año de su muerte -pasado mañana la memoria escogerá el camino más corto para herirnos-, Fernando Carrasco será la ceniza con la que hoy haremos una cruz en nuestra memoria. Yo sé que, con la gracia que tenía, se lo habrá pasado como un niño con la chirigota sevillana del muerto e incluso habrá hecho chistes poniéndose él dentro de la caja. Porque le volvían loco los carnavales. Mejor dicho: le volvía loco el ingenio, el talento, el arte. En cualquiera de sus manifestaciones. Por eso cuesta tanto trabajo seguir sin él. Y por eso hoy la ceniza que yo quiero en mi frente es la suya. Su ceniza y su cruz. Una cruz de barrio antiguo, cruz de un cristo muerto, que aguanta los cañonazos de la vida porque se hizo en la misma fundición en la que Sevilla ablandó los hierros de su Artillería.

El Cristo de la Salud de San Bernardo subiendo el puente / J. M. SERRANO

Fernando, que tenía un eco de trueno, fue un hijo del silencio todos los miércoles de San Bernardo. Iba y venía sin hablar con nadie. Y ahora, ¿quién cree en las casualidades?, el calendario le ha puesto por delante otro miércoles, el de Ceniza, para que nos chille por dentro. Para que nos llame a voces y sus oraciones reverberen en nuestros pechos, que a veces están hechos de piedras frías y frágiles vidrieras. Yo lo echo de menos. Y no sé escribirle. Se me quedan los dedos gélidos como el mármol mientras tratan de buscar las teclas. ¿Qué te digo, amigo? Que te añoro. Que te añoramos. Que hemos pasado un año sin ti en el que hemos estado a todas horas contigo. Que todo ha cambiado mucho en tan poco tiempo, que en realidad es mucho tiempo porque el tiempo siempre se ensancha cuando el reloj que lo mide es la ausencia. ¿Qué te digo, Fernando, ahora que Sevilla vuelve a echarse otra vez el antifaz por la cara y ya mismo viene tu Cristo por el puente? Ahí viene tu padre, sangrando por la llaga del costado, y vienen tus hijos, llorando en el Refugio de tu falta. Ahí vienes tú, Fernando, clavado en el aire, de espaldas al tiempo, camino del cuerpo de campanas que hace un año doblaron por ti. Si no te importa, hoy voy a poner tu ceniza en mi frente mirando a la Giralda. Y mañana, después del ayuno, iré al templete de la otra Cruz que amabas, buscaré un plato de menudo y haré lo que me pide el alma: Va por ti, maestro. Salud, amigo. Salud de San Bernardo.

Alberto García Reyes

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