La calle Alcaicería un día de Cuaresma / J. M. SERRANO

El primer capirote

Me faltaba este símbolo de la ciudad, de sus ritos, de todo lo que venturosamente entendemos por Sevilla
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Está al caer, si no la han extendido ya de acera a acera, ese heraldo de la primavera y de la Semana Santa que es la pancarta que anuncia en la Puerta Carmona, a la entrada de la calle San Esteban, los «Capirotes» que vende El Rincón del Nazareno, tienda que está a punto de cumplir los cien años. Yo creo que es algo: cien años haciendo capirotes. Eso merece un homenaje. Se está acercando, pues, el día en que un sevillano orgulloso de serlo, con ejercicio y servidumbre, novelero, impaciente, nos anuncie:

-¡Esto ya está aquí!

Durante unos días, antes de estos últimos más fríos y nublados, lo ha anunciado brevemente una luz como nueva, la luz incierta de

las certezas que se van acercando. ¿Han visto que los preparativos de Sevilla con la Semana Santa son como los de una boda? Al fin y al cabo, es el casamiento de la ciudad con ella misma: de la ciudad soñada con la ciudad real, que tal como están las cosas no es mal matrimonio para mantener nuestras esperanzas.

Pero nada como lo que me ocurrió el otro día. Corrían todavía los últimos días de enero, mucho antes de la Candelaria, y me llamó ese clásico amigo sevillanísimo que te da temas de la ciudad. En este caso, un íntimo del barrio del Arenal, con el que he compartido muchas inolvidables horas de sevillanías. Y va y me dice, con esa especie de acertijo con que al sevillano le gusta iniciar la conversación cuando te va a contar algo:

-¿A que no sabes lo que acabo de ver en la calle Lineros, yendo hacia La Encarnación, y me he acordado inmediatamente de ti y por eso te llamo?

-¿Qué has visto?

-¡Pues un tío con un capirote en la mano! Se ve que venía como de la Alcaicería, de recogerlo ya. Pero no un capirote de estos de rejilla que ahora se estilan, que parecen un mosquitero o la alambrera de un brasero antiguo, no. Un capirote de cartón, de los de toda la vida. ¡Una cartonera, como le llamaban los antiguos al macho del capirote! Un capirote alto, de cofradía seria y de ruán tenía que ser, aunque no llevaba por fuera la tela del antifaz. Ah, y de los clásicos: con su badana en la parte que te da en la frente.

-¿Sabes lo que te digo?

-¿Qué?

-Que no se va a quedar sin capirote el chiquillo, no.

Divinas impaciencias. Tomándole emprestado el título ignaciano de su triunfal obra teatral a José María Pemán, yo llamaría «El nazareno impaciente» al que vio mi amigo por Lineros camino de Puente y Pellón. Nazareno sevillanísimo, por estas prisas de las vísperas. Y un nuevo personaje que añadir al catálogo sentimental de símbolos de los misterios gozosos de la ciudad. Yo hasta ahora tenía anotado el primer nazareno que vemos el Domingo de Ramos o el Viernes de Dolores, camino de la estación de penitencia de la querida y refinadísima cofradía del Cristo de la Corona. Tenía anotada la primera cigüeña que llegaba a la chimenea de las Atarazanas de la calle Dos de Mayo. Tenía anotado el primer vencejo que cruza con su chirrido un atardecer de la primavera. Tenía anotada la primera luz de primavera, antes de que llegara la fecha oficial del comienzo de la estación. Tenía anotado el primer cascabeleo de un coche engancahado a la calesera días antes de la Feria. Tenía anotada la primera sombra que da una vela sobre la calor veraniega de la calle Sierpes. Tenía anotados el primer azahar, el primer magnolio en flor, la primera jacaranda vestida con ese morado tan de Jueves Santo, entre Quinta Angustia y Valle. Pero me faltaba este símbolo de la ciudad, de sus ritos, de sus invariantes, de todo lo que venturosamente entendemos por Sevilla, aunque cada vez se vaya pareciendo menos a Sevilla: el primer capirote. Ea, pues ya hay privilegiados que lo han visto. ¡Anda que el tío se va a quedar sin capirote este año, qué agonía de impaciencia de las vísperas…!

 

Antonio Burgos

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