Rafael Díaz Palacios y su hijo, Rafael Díaz Talaverón ante la Caridad del Baratillo / JAVIER COMAS

Chicotá para Díaz Palacios

Por  0:18 h.

El palio de la baratillera Virgen de la Caridad está parado en los palcos. Van Avenida adelante los nazarenos de los blancos botones en las túnicas azul mahón que en los años de las cartillas de racionamiento tuvieron que idear, comprando piezas de ropa de trabajo en Hytasa, para sustituir a las antiguas, ante los muchos nuevos hermanos que se apuntaban, ya sin nazarenos alquilones. Un capataz de recia planta y serio semblante, con el terno negro que dicen que desde el muelle impuso su abuelo para los hombres del martillo, se acerca a la delantera del paso y toca el llamador de los ángeles toreros con montera. Se levanta el paso, muy al trianero modo, que en esta Sevilla dual hay una cofradía de Triana que cayó en Sevilla, El Baratillo, y otra de Sevilla que está en Triana, La Estrella. Suena “Caridad del Guadalquivir” y avanza el paso, siempre andando, siempre con garbo torero marca de la casa, y enfila la Avenida. Comienza la larga chicotá de la Virgen de la Caridad que cada Miércoles Santo hace que la Avenida sea como una segunda Campana, triunfo y gloria baratilleros, siempre de frente, sin pararla ni donde los sombreros de Padilla Crespo, ni en la Punta del Diamante, ni en las sillas del Aero. Una triunfal chicotá de una sola pieza, sin que ese capataz de recia planta y serio semblante vuelva a tocar el llamador de los enmonterados ángeles toreros. Una marcha tras otra. Todas garbosas, con hondo sabor a trianidad: la Santísima Trianidad de La Esperanza, La Estrella… y esta “Caridad del Guadalquivir” de la verita del río, como la sanluqueña, en un paso que escupe bambalinas y rompe aplausos desde el Banco Central a la Puerta del Baptisterio, una marcha tras otra, “Callejuela de la O”, y todo Paco Lola, y “Esperanza de Triana Coronada” de Albero, en una sola, inmensa, inspirada, emocionante chicotá, hasta que el paso gira ante la Puerta de San Miguel y suena la Marcha Real cuando entra en la Catedral sin que haya puesto un zanco a tierra.

Y ahora veo a ese capataz, y su serio semblante tiene la satisfacciòn que sentimos ante tanto poder y gloria la gente del Arenal, bajo ese cielo Azul Baratillo al que se acaba de ir, porque lo ha llamado su Virgen de la Caridad. Es Rafael Díaz Palacios. Palacios y de la Casa de la Moneda, como tantos Grandes del Arenal que fueron gente en la colla del muelle, Facultad para las Bellas Artes de llevar los pasos. Primo del Pali, que nunca le preguntó, ay, de quién es esa cuadrilla que lleva así a mi Morena de la calle Adriano. Nieto de capataz, padre de capataz, abuelo de capataces. Rafael Díaz Palacios le inventó a su Virgen de la Caridad esta Segunda Campana de la larga chicotá de toda la Avenida, sin bajar un zanco. Y sin que esto salga de la Bodega San José ni del Bar La Moneda, les diré que era mejor que la otra Campana, más de nuestro barrio, como la cara dionisíaca de la apolínea moneda que los Montpensier acuñaron para La Carretería.

Y luego, el Domingo de Resurrección, en la Plaza de los Toros, veo a este capataz del Baratillo gualquitalqui en mano, mandando con energía y tacto un ejército de vigilantes de seguridad, porteros y acomodadores; incluso las locuras de Abelardo esperando sacar a hombros a Espartaco. Tiene ahora este capataz mando en plaza del Arenal porque para algo es militar. Artillero. Las contradicciones de Sevilla. El mismo Miércoles en que sale la artillera Virgen del Refugio de San Bernardo, el capataz de las bombas en el cuello de su guerrera toca el martillo de los ángeles toreros del Arenal. Esos ángeles toreros también los manda el capataz de la Caridad cuando está como jefe de seguridad de la Empresa Pagés en la Plaza de los Toros, para que no haya hule ni el Doctor Vila tenga que salir de su burladero de los médicos. Queda ese llamador torero en buenas manos. Manos de hijos, manos de nietos, manos de la saga de cinco generaciones de aquel viejo Palacios del muelle de los vapores de Sanlúcar que trajeron a la Caridad hasta El Baratillo, para que su primo El Pali le cantara una saeta que Florencio Quintero acababa de escribir sobre una servilleta de papel en el mostrador de tinto del Bar Carriles. Sé que tu última chicotá, Rafael Díaz Palacios, ha sido sin arriar un zanco hasta la mismísima Puerta de San Miguel de un cielo azul Baratillo.

 

Antonio Burgos

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