Vendedores de humo... para la Semana Santa 2014
Puesto de incienso de la calle Córdoba / ABC
EL RECUADRO

Defensa del incienso callejero

«Aún estamos a tiempo, señor alcalde, de que la calle Córdoba no se quede sin su puesto de incienso que huele a gloria»
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Esto no es un artículo. Es un recurso ante el Excelentísimo Ayuntamiento de Sevilla, espero que en tiempo y forma, y deseo que allí lo estudie con todo cariño y primor el señor alcalde, que tiene paladar por nuestras cosas. Un recurso para que, pese a lo que digan las ordenanzas municipales y por razones supremas y más que sevillanas, a los descendientes del comerciante don Adolfo Fiances, que era el titular de la licencia hasta su fallecimiento en 2010, le sea permitido por razones estéticas seguir vendiendo gloria pura de incienso en la calle Córdoba, junto al callejoncito que da entrada al otro gran Patio de los Naranjos de la dual Sevilla, el patio de los naranjos del Salvador.-

Lo que le faltaba a la calle Córdoba era que le quitaran el puesto de incienso; qué perdida tan irreparable, pero evitable todavía si alguien le echa cuenta en el Ayuntamiento a este recurso. Hay una Geografía de los Olores de Sevilla que nadie ha hecho, y en ese Estrabón de las fragancias de Sevilla, como La Venera era a especias, la calle Córdoba tenía dos olores inconfundibles: el olor a esparto de las alpargatas de todo lujerio o de plena sencillez que vendían las clásicas zapaterías de la calle, y el olor a incienso del puesto de la familia Fiances. La calle Córdoba, “muy poco a poco”, como si fuera un capataz mandando un paso de palio, se fue quedando progresivamente sin las zapaterías que le daban carácter, un escaparate de calzados junto a otro, lo que tenía bastante de las medievales calles gremiales dedicadas a un solo oficio: Manteros, Chapineros, Chicarreros, Colcheros.

Ya la calle Córdoba había dejado de ser un poco ella misma con la sustitución de tantas zapaterías por otros negocios, pero ahora, sin el olor a incienso del puesto, será más irreconocible. Por eso no está ya en el vestíbulo de una tienda aquel maniquí de un nazareno con túnica de capa que nos anunciaba también la Semana Santa. Digo “también” porque el puesto de incienso era como un continuo pregón de Semana Santa a lo largo de todo el año. Pasabas en septiembre, en mayo, en octubre, y en la calle Córdoba olía siempre a Semana Santa. Ese olor a incienso que al sevillano le trae recuerdos de su cofradía, de su Cristo, de su Virgen, del mismo sitio donde ve cada año el mismo paso, de su túnica que en estos días pasa a la tintorería desde el altillo donde está guardada. O del padre que de niño lo llevaba de la mano a ver cofradías y a algo más: a enseñarle sevillanía.

Aún estamos a tiempo, señor alcalde, de que la calle Córdoba no se quede sin su puesto de incienso que huele a gloria. Guarden las normas, las ordenanzas y la soberbia del poder en un cajón, y permitan que esa familia vuelva a vendernos nostalgias y evocaciones, que son la más lírica mercancía que allí comerciaban. Sí, ya sé, nos queda el puesto de la calle Tetuán esquina a Jovellanos, donde en una breve mesa de campimplaya hay otro anónimo defensor de Sevilla que hace que olamos a Semana Santa todo el año al pasar por allí junto a la Capillita de San José. Y nos queda el fiel y leal puesto de la Punta del Diamante, el de la Avenida de la Constitución esquina a García de Vinuesa que, como el de la calle Córdoba, tiene su perfecta clasificación de olores en las abiertas bolsas, con sus letreros que dicen a qué cofradía olerás si quemas esa sevillanísima resina. Allí donde estaba el Horno de San Buenaventura y ahora La Canasta siempre es Miércoles Santo con la fragancia del incienso del Cristo de Burgos. Dos puestos turiferarios que son parte de esta Sevilla que todavía se parece a Sevilla y debemos conservar como oro en paño, señor alcalde a quien dirijo esta instancia. Y a ver si el Ateneo se une a esta petición. Porque los duendes de la muralla macarena me han asegurado que los Reyes Magos venían expresamente desde Oriente a la calle Córdoba, para comprar en aquel puesto el incienso que iban a ofrecer en el portal de Belén al Niño Dios. Lástima que el incienso sea tan nuestro, insustituible. Porque, si no, no habría problema. Sabríamos que donde estaba el puesto de incienso de la calle Córdoba iban a poner una franquicia de lo mismo, pero de la multinacional The Incense Blessed Glory Company.

Antonio Burgos

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