Custodia del Corpus en la Plaza de San Francisco / J.M. SERRANO
Custodia del Corpus en la Plaza de San Francisco / J.M. SERRANO
ANTOLOGÍA DEL RECUADRO DE ANTONIO BURGOS

Dos sevillanos de Corpus

«Yo me acuerdo de aquellos dos grandes, hondos y serios sevillanos de Corpus que sabían hablar bajito en la Sevilla del «cuán grita esos malditos».
Por  0:05 h.

Publicado el 12 de junio de 2009

A los sevillanos se nos puede clasificar un poco según nuestras fiestas. Hay sevillanos de Semana Santa, sevillanos de Feria y sevillanos de Rocío. Y hay sevillanos de Corpus. Sacramentales sevillanos de cera roja, de carráncanos y seises, de juncia y romero, de «Venid, adoradores» y de «Venid, ruiseñores», de uva y de trigo, de altares callejeros, de balcones colgados, de escaparates con eucarísticas hogazas de pan de Alcalá, de vara de la hermandad o de silla en la calle Francos, de pino grande de primera clase en la Giralda cuando está entrando la Custodia y el sol, a lo mejor, es el doblón de oro que el asistente le ha dado a los seises como propina de las que hacen época.

Cuando escribo, en la tarde del Corpus, está la ciudad tan vacía como en el cuadro de Virgilio Mattoni en que, terminada la procesión, un sacristán pasa con una solitaria manguilla ante la Puerta de la Asunción de vuelta a su parroquia. Hace una calor de ladrillería vacía del tendido 12 en la corrida del Corpus. Y en esta hora me acuerdo de dos sevillanos de Corpus que he tenido muy presentes esta mañana. Los dos se fueron ya, uno hace más tiempo que otro. Los dos han estado hoy muy presentes en mis pensamientos sobre la ciudad. El uno es Manolo Vázquez. El otro, Eduardo Osborne.

A Manolo Vázquez, que hasta entonces era un torero de Madrid, lo descubrió Sevilla cuando ya tenía 50 años, en aquel Corpus capicúa del 18 del 6 del 81, con Romero y con Paula, ante los toros de Bernardino Píriz. Aquel Corpus los ladrillos desiertos del 12 desprendían esta misma calor que hace ahora, cuando evoco las palabras que ha pronunciado el querido Andrés Amorós ante el bronce de Luis Alvarez Duarte. Dicen que descubrieron ese bronce ayer. Mentira. Manolo Vázquez, en el bronce de la memoria, está allí citando de frente hace exactamente 28 años. Desde aquella tarde inolvidable con Curro y con Paula. Está aproximadamente allí desde el mismo tiempo en que Romero, en la esquina del Doctor Alemán, le está haciendo todavía a «Flautino» de Gabriel Rojas el desplante más torero que hubo en el globo terráqueo. Andrés Amorós, que conoce la verdadera Sevilla desde detrás del ruán de su antifaz de nazareno del Silencio, nos ha dicho que Manolo Vázquez era un sevillano de los serios, de los hondos. De los de Corpus, vamos. Yo creo que aquel Corpus de 1981 aún no ha terminado. Todavía le estoy viendo lanzarle la montera al toro de Píriz, cuando empezó a hervirle el agua del radiador en el mejor tercio de quites que quizá hubo nunca en esta plaza.

Sí, aún no ha terminado el Corpus de 1981 porque esta mañana, junto a la Custodia, con su chaqué de la Sacramental del Sagrario, portando el farol que siempre llevó su familia, iba Eduardo Osborne. Como siempre. Sí, ya sé, era Eduardo Osborne hijo, Eduardo Osborne Bores. Otra mentira piadosa de Sevilla, como eso de que ayer descubrieron el bronce de Manolo Vázquez. Ese farol de siempre, con esa luz de siempre, la luz de esta mañana única, lo sigue llevando aquel hondo sevillano de Corpus que era Eduardo Osborne Isasi. Como Manolo, por cierto su gran amigo, su vecino de la plaza de los toros, Eduardo era sevillano serio y tímido, de los que hablan bajito. Lo cuenta don Manuel Olivencia. Se encontró con Eduardo Osborne y sus hijos en el aeropuerto, camino de Londres. Le dijo:

—¿Qué, Eduardo, llevando los niños a Inglaterra a que aprendan inglés?

Eduardo, tan inglés como los percherones alazanes del carro de su Cruzcampo, le respondió:

—De momento, a que aprendan a hablar bajito.

En esta tarde de calor como de 1981, cuando la poquita gente va ya camino de los toros, yo me acuerdo de aquellos dos grandes, hondos y serios sevillanos de Corpus que sabían hablar bajito en la Sevilla del «cuán grita esos malditos».

Antonio Burgos

Antonio Burgos

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