Nazarenos de San Bernardo sobre el puente al paso del tranvía/ P. Le Tellier
ANTOLOGÍA DE LA SEMANA SANTA DE ANTONIO BURGOS

Un inmenso San Bernardo

Por  0:05 h.

En el Cádiz cofrade del mismo título que la marcha de Abel Moreno, donde Emilio López, mi compañero de oficio periodístico y de afición carnavalesca, dio un gran pregón de Semana Santa donde hasta habló de los muchachos que tienen que emigrar a Castellón de la Pena (no de la Plana), están alarmados: disminuye el número en las penitencias de las cofradías. Cada vez salen menos hermanos con túnica y capirote, mientras hay más chavales que quieren cargar los pasos. Tras el domingo de pregones me hice la pregunta del (Cristo del) Millón: la Semana Santa, ¿va a más o va a menos? Si no fuera por las mujeres, esos truenos vestidos de nazareno, ¿no se advertiría en Sevilla el mismo descenso que acusa en Cádiz el pitido de alarma de las estadísticas cofradieras?La Semana Santa va a más, lo que no siempre quiere decir que va a mejor. Ir a más a veces es una forma de ir a menos y a peor. A la Semana Santa, ¿no se le está acaso encendiendo la luz de la reserva y se mantiene por retroalimentación, consumiendo excedentes, realizando beneficios? Un finísimo sevillano, de los de la frialdad unamunesca, me lo advertía en una Osuna llena de carteles cofradieros, cuando acompañábamos en los gozos del premio Almazara a Jaime Campmany, nuestro hermano mayor de la Cofradía de la Columna:

— La Semana Santa está excesivamente verbalizada. Lo único que nos queda es la verbalización de unos ritos. Le quitas la verbalización y te quedas con una bulla insoportable en una ciudad espantosa…

Quizá sea, y perdón por el término, la sambernardización de Sevilla. Durante mucho tiempo funcionó en Sevilla la teoría bernardina, que inventó Isidoro Moreno: el Miércoles Santo, en torno a la cofradía, los antiguos habitantes de San Bernardo volvían por unas horas a recrear un barrio inexistente. Quizá ahora toda Sevilla sea un inmenso barrio de San Bernardo. Todos volvemos a la ficción verbalizada, narrada, dialogada, versificada y ripiada de una ciudad que quizá ya no existe. Por un paisaje de andamios y de casas en ruina, de comercios tradicionales que cerraron y de modos de vida superados, como San Bernardo antes, las cofradías van ahora por una ciudad idealizada hacia una Campana que ya no es el centro de Sevilla. Y que, si es el centro, no es el de la confitería clásica de los cristales modernistas, sino el del MacDonnald y el Burger King. Si la carrera oficial discurriese por la carrera real de la ciudad que existe, que vivimos y gozamos o padecemos, no por la Sevilla sublimada, las cofradías tendrían que ir a San Francisco Javier y pedirían la venia en un palquillo del Consejo que estaría aproximadamente en el Nervión Plaza. Las cofradías consagran un modelo de ciudad y unos modos de vida que ya están sólo en la memoria, en los poemas de Rafael Montesinos o en la prosa de Chaves Nogales.

Si quieren otro ángulo de contemplación de la ciudad, pongámonos en el Matacanónigos de los cervantinos personajes populares. Las cofradías discurren por la ciudad verbalizada de Antoñito Procesiones o Vicente el del Canasto, donde aún El Mudo de Santa Ana lleva la cruz parroquial de San Vicente, en la contradicción barroca de un Mudo con Las Siete Palabras. Pero la ciudad real es otra. La ciudad real es la del mediático Indio de Las Tres Mil, con su torso desnudo, mirando un cielo de águilas de la pradera y no de vencejos de la primavera, con plumas y no palmas, mientras la multitud mayoritaria de la botellona observa contrariada que unos hombres con unas túnicas y unos capirotes les han arrebatado su paraíso de litronas y plásticos por el suelo de la plaza del Salvador. Que está cerrado y con sus cofradías desahuciadas.

Antonio Burgos

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