ANTOLOGÍA DEL RECUADRO DE ANTONIO BURGOS

Jarrillo de lata para Sor Ángela

«¿Habrá calles en Sevilla en las que ocurran prodigios durante la Semana Santa? ¿Habrá bullas, apreturas, angosturas, arrempujones y estrecheces en esas calles?»
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Publicado el 20 de marzo de 2009

Fue ayer, a la hora de estos atardeceres de vencejos, impacientes de capirotes y de cofradías de barrio camino de La Campana. Un breve concurso de sevillanos hondos, vestidos de serio, llegó al convento de las Hermanas de la Cruz. Habían sido convocados por el teletipo de las amapolas y los crisantemos, de las penas y las alegrías, el que nos dice que ya ha florecido el azahar de la Virgen de la Concepción en la finca Valparaíso o el que nos anuncia que en Cádiz se le ha muerto a San Fernando su médico, el que cuidaba su cuerpo incorrupto en la urna de plata de la Capilla Real, el catedrático y ex rector gadirense José Luis Romero Palanco.
Convocaba por el rito de nuestros secretos el jurado que cada año concede el premio cofradiero del Jarrillo de Lata. Los asistentes, aparte de este jurado de sevillanos con paladar y gusto por nuestras cosas, eran los premiados en años anteriores. Paraíso cerrado para pocos. A cencerros tapados, como Sor Ángela quería que se hicieran las cosas de su convento, estos sevillanos iban a entregar a las Hermanas de la Cruz el entrañable premio cofradiero que otros años concedieron a músicos, fotógrafos, escultores o artífices anónimos o conocidos de esa obra de arte colectiva que es la Semana Santa. Otros años, para la entrega del Jarrillo de Plata, hubo convocatorias públicas, fotógrafos, micrófonos, retratos en los periódicos, discursos, copeo, papeo y tapeo. Este año todo se hacía muy como en las cuadrillas que beben del cántaro de la tradición en el jarrillo de lata: de parihuela abajo, de faldones adentro. A las Hermanas de la Cruz le entregaban el Jarrillo por cuanto significan en la Semana Santa. Y el dinero de lo que otros años se comían y bebían los conspicuos del Jarrillo a la salud del premiado, este año, a palo seco, se lo entregaban a las Hermanas como donativo para sus obras asistenciales.

No sé las razones exactas que el jurado del Jarrillo habrá tenido en cuenta para concedérselo a las hijas de Sor Ángela. Sí, ya sé: por sevillanas y por nuestras, por camareras de la corte de la Virgen de los Reyes. Por la más secreta música cofradiera, que son los cantos de oración que entonan en el zaguán de su convento cuando pasa la Amargura, cuando tintinean los rosarios de Montensión, cuando la Esperanza regresa triunfal a la Macarena, cuando llega el muñidor de La Mortaja en el cansado silencio de la tarde del Viernes. Yo sé, además, una secreta razón de este Jarrillo: las hermanas de la Cruz, sin quererlo, han divinizado la bulla. ¿Habrá calles en Sevilla en las que ocurran prodigios durante la Semana Santa? ¿Habrá bullas, apreturas, angosturas, arrempujones y estrecheces en esas calles? Bueno, pues en la única donde Protección Civil ha tenido que poner «numerus clausus» ha sido en Sor Ángela cuando pasa una cofradía. Pero no Sor Ángela de la Cruz por la parte de San Pedro, en la esquina del monumento de Madre Angelita, donde los ramos de los macarenos donantes de flores, no: por Alcázares, delante del convento, para escuchar ese rompeolas de cantos de la blanca marea de tocas de las novicias. Esa medida de orden público me recuerda y reescribe la canción de los juegos infantiles: «A atajar la calle, que no pase nadie,/tan sólo las tocas que cantan la Salve,/tan sólo Sevilla en casa de Madre.»

Tras una misa que fue como un ramo de violetas de Sor Ángela, ayer, cuando atardecían los vencejos, asistimos a uno de estos ritos secretos y profundos, verdaderos y hondos, de esta mucha Sevilla intransferible que todavía nos queda, como un recuerdo de sí misma. Y cuando nos fuimos todos, y la madre superiora se metió para adentro con el Jarrillo de Lata que acababa de recibir, sus alpargatas llevaban el racheo de las verdades costaleras de Sevilla. La lata del Jarrillo era más de plata que nunca.

Antonio Burgos

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