La Macarena en la calle Jesús de las Tres Caídas / MJ LÓPEZ OLMEDO
La Macarena en la calle Jesús de las Tres Caídas / MJ LÓPEZ OLMEDO
ANTOLOGÍA DE LA SEMANA SANTA DE ANTONIO BURGOS

La fugacidad de la Macarena

Por  0:05 h.

¿Vio Juan Ramón Jiménez alguna vez a la Macarena? Cuando en la Madrugada de los ritos la veo ir llegando por la Resolana a dar la revirá de los Altos Colegios, me acuerdo siempre de aquellos versos juanramonianos y se los digo como una difícil oración civil: “Vino primero pura, vestida de inocencia, y la amé como un niño…” ¿O es la Macarena el soneto de Quevedo a Roma, entre bambalinas y cirios verdes? “Lo fugitivo permanece y duda”… Da la Macarena la revirá de los Altos Colegios y la espera ese largo túnel de la penumbra de la calle Anchalaferia, el capataz con las agujas que tiene el reloj clavadas como una espada de Damocles que lo amenaza si no está a su hora en la Campana, y pasa la Macarena. Pasa la Macarena se llama la vieja marcha de recuerdos de la coronación, de mañanas de saetas de La Marta y de humo de los calentitos de los armaos del Melli. Pasa la Macarena y, Quevedo, solamente lo fugitivo permanece y dura. En la ciudad de las arquitecturas efímeras, el instante de gracia, el relámpago de perfección de ese instante, un solo instante, que nos dura la presencia de la Macarena, el perfil de la Macarena.

Que de frente y de perfil… decía la vieja saeta de la Esperanza. Tres cuartos de perfil para la fugacidad. ¿Quién puede ver de frente a la Macarena en la calle? Acaso el capataz, acaso el hermano mayor con su vara dorada, acaso los viejos macarenos de los cirios verdes y el raído terciopelo del capirote. Todos vemos a la Macarena de perfil, porque la Macarena está hecha para la fugacidad de una contemplación lateral. Este año, el día de la Esperanza, me fui a la basílica a la hora en que no hay nadie en el besamanos de la Virgen. A la hora del almuerzo. En la iglesia vacía, podías irte paseando en un ángulo de 180 grados sin dejar de mirar a la Virgen y sin que bulla alguna te molestara. En esa soledad de la hora del almuerzo del 18 de diciembre podemos ver de cerca esta maravilla que ahora pasa de lejos. Aunque la Esperanza es una Mujer a la que es muy difícil aguantarle la mirada, de la fuerza que tiene, allí, en el besamanos, puedes irla mirando desde un lado a otro de su cara, si te vas avanzando lentamente por el crucero, delante de donde Ella está, poderosa, con el manto arrastrando sobre los escalones del presbiterio, recógete la cola, que te arrastra, y con el sillón de la Virgen de los Reyes en su versión macarena al fondo.

Observas entonces lo que ahora no puedes apenas contemplar, en la fugacidad del amanecer, tras el primer sol, tras el recuerdo de aquellos pañuelos blancos por una saeta del señor Manuel Torre. Que diga lo que diga la saeta, la Virgen es más guapa de perfil que de frente. Y que, como todas las mujeres entre las que es Bendita, tiene mejor un perfil que el otro. La Macarena, siendo la perfección, tiene más bello el perfil izquierdo que el derecho. Será para irnos diciendo que hay que verla desde la acera de la plaza de la calle Feria donde se ponen las mujeres de los armaos, será para decirnos que hay que verla desde Las Siete Puertas cuando va, poderosa, hacia las columnas de Hércules para refundar la ciudad de la madrugada. Será para irnos diciendo que hay que verla desde delante del escaparate de los nazarenitos de Ochoa, desde las sillas de la esquina de la Punta del Diamante, desde el Bar Gonzalo, desde Los Caminos, desde la puerta del zaguán romano de la casa del Conde de Lebrija, desde el Archivo de Protocolos, desde casa de Pavón.

Pasa la Macarena, y la gente del barrio se queja, hijo, Antonio Santiago, qué ligera lleváis a la Esperanza, a ver si le dices algo al hermano mayor, porque a esto no hay derecho… No hay derecho, ni izquierdo en los perfiles, no hay busto imperial en la visión frontal. En esta fugacidad tiene la Esperanza su grandeza. Tened alados los pies de vuestras alpargatas, costaleros de la Esperanza, para que nunca nos falte el efímero gozo de esta fugacidad de la eterna perfección de la Macarena.

Antonio Burgos

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