Señor del Gran Poder / M. J. RODRÍGUEZ RECHI
EL RECUADRO

La hechura del Señor

«Puede que esa sagrada madera sí lo fuera, y que saliera de la gubia de Juan de Mesa. Pero esas sevillanísimas hechuras de su Divina Humanidad se la hemos dado los sevillanos desde hace cuatro siglos»
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Todos los de nuestra era son los Años del Señor. Así suele cincelarse solemnemente en los mármoles conmemorativos al poner la fecha de un acontecimiento en una lápida: “Año del Señor de 2020”. Pero esta vez el Año del Señor es más Año del Señor que nunca. Es el Año del Señor de Sevilla: “Anno Domini Hispalis”. El año del Gran Poder. Bueno, todos los años son del Gran Poder, porque Dios es el Creador del tiempo. Pero hogaño celebramos los sevillanos algo precioso por la palanra que se ha roto en usar. Es el Año del Señor, que irá a las barriadas más alejadas y necesitadas de su Poder para remediar males, porque hace 400 años de su hechura, de cuando lo esculpió Juan de Mesa. ¿Lo esculpió Juan de Mesa o lo esculpió Sevilla, la devoción de Sevilla, la fe de Sevilla? Muñoz y Pabón nos dejó aquellas tonadillas por sevillanas que afirmaban lo que muchos creemos: que la Virgen del Rocío no es obra humana. Fray Diego de Cádiz, que fue al Gran Poder lo que Muñoz y Pabón a la Virgen del Rocío, quizá lo dejó dicho por alguno de sus sermones o en su novena. Aunque no lo dejara ni lo dijera. El sevillano lo sabe: el Gran Poder no es obra humana. Juan de Mesa fue la mano que le puso Sevilla para esculpir a Dios. Para hacer al Supremo Hacedor. ¿Habrá retruécano barroco más hermoso?

¿Y la palabra? De entre las muchas que podían haberse usado para designar este aniversario de la terminación de la escultura del Señor, se ha escogido una que es toda una definición teológica de la Perfección de Dios hecho Hombre. Se cumplen 400 años de la hechura del Gran Poder. Hechura… ¡Qué palabra tan nuestra! ¡Y qué palabra tan del Señor! ¡Qué buenas hechuras tiene el Señor cuando lo vemos andar, tan humanamente, por las calles de Sevilla en la Madrugada o cuando, al comienzo de la Semana Santa se pone a nuestra misma altura, a la altura de la Salvación, para que nos acerquemos a besar sus atadas benditas manos, “in manu ejus Potestas et Imperium”! ¡Qué buenas hechuras esa divina Zancada, esa proporción áurea de su Cuerpo! Y si lo decimos a la sevillana, aspirando la hache inicial, es que nos sale como un piropo al Hijo de la Madre de Dios

— ¡Qué buenas jechuras tiene el Gran Poder!

Sí, así suena más nuestro todavía. Si es posible que el Señor sea más nuestro todavía, que lo dudo: sus jechuras. Parece que hablamos de un torero, de una Divina Figura en la que Sevilla tiene puestas todas sus complacencias, sus lágrimas, sus emociones, sus peticiones, sus esperanzas, sus súplicas, sus agradecimientos, sus promesas, desde hace 400 años. No habían nacido los bisabuelos de nuestros abuelos cuando en tantas cabeceras de camas estaba allí la vieja estampa del Señor, con sus inconfundibles hechuras al llevar por todos nosotros la Cruz de nuestras vidas.

No, no es obra humana. Puede que esa sagrada madera sí lo fuera, y que saliera de la gubia de Juan de Mesa. Pero esas sevillanísimas hechuras de su Divina Humanidad se la hemos dado los sevillanos desde hace cuatro siglos. Esas hechuras no son obra humana. Son suyas y sólo de Él. Son los andares de Dios, tan bien hecho como la Perfección que es. Es el Cuerpo de Dios. Con esas hechuras anduvo el Señor sobre las aguas, como ahora cruza sobre los océanos de las multitudes en sobrecogedor silencio cuando lo vemos llegar cuando la luna grande de abril, y los vencejos en el Museo, y la luz de la cera color tiniebla, y el ruán de las túnicas, y el esparto de los cirios al cuadril, y la mejor música que nunca pudo oírse en la noche sevillana, el racheo de sus costaleros escuchándose bajo el paso que lleva sus hechuras.

En el toreo, cuando un diestro tiene un cuerpo armónico, proporcionado, perfecto, se dice que “está bien parío”. ¡Qué bien parió la Madre de Dios al Señor de Sevilla! Con qué jechuras. El Gran Poder tiene hechuras de Dios. Las suyas son las hechuras de la perfección de quien todo lo creó. Hasta estas hechuras suyas, tan nuestras. Del Señor me emocionan hasta los andares de sus divinas hechuras sevillanísimas.

 

Antonio Burgos

Antonio Burgos

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