Nazarenos del Silencio en la Madrugada / PASION EN SEVILLA
ANTOLOGÍA DEL RECUADRO DE ANTONIO BURGOS

La oculta Canina de la Madrugada

«Tras esa mesa revestida de un paño de terciopelo con el escudo de la archicofradía, que tiene prendidas las estrellas del antiguo manto de la Virgen, dos primitivos nazarenos, de pie, pasan revista a los hermanos que van llegando»
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El Sábado, cuando ya esté el Señor muerto, y muerta y casi enterrada esta larga nostalgia que empezó el Domingo, saldrá la Canina. Será en el Santo Entierro. Sevilla entierra al Señor y entierra también el gozo de estos días. La Canina es como un cuadro de Valdés Leal de bulto redondo, barroco puro, la misma Sevilla de Miguel Mañara, de la urna de San Fernando, del cuerpo de Doña María Coronel. Pero al comienzo de esta Madrugada, como anticipo de ese Santo Entierro, cuando la ciudad vive sus vísperas más solemnes y completas, hay otra canina que no sale sobre un paso, a la que no llevan costaleros, que no adornan yedras ni cardos, pero que también, a su modo, secreta, como de clausura, «incerta et oculta» que canta el Miserere, proclama el triunfo de la Cruz en Jerusalén sobre la muerte.
Ocurre el rito en la iglesia de San Antonio Abad, minutos antes de que la primitiva cofradía de los nazarenos de Sevilla saque el santo y seña de esa triunfante Cruz de Jerusalén a la que Manuel Centeno le sigue cantando una saeta en la que pide silencio al pueblo cristiano. El Silencio le pide silencio a los silencios de Sevilla.
Una calavera está sobre la Mesa de Disciplina, antes de que se forme la cofradía. Bajo una cruz filipina de marfil, entre dos farolitos encendidos, con las cinco rojas cruces de Jerusalén, la calavera proclama en esta Madrugada la brevedad de la vida, la cercanía de la muerte. La Mesa de Disciplina, con su impresionante calavera, Canina no procesional, está debajo del arquito que conecta San Antonio Abad con la antigua capilla de Jesús Nazareno. Tras esa mesa revestida de un paño de terciopelo con el escudo de la archicofradía, que tiene prendidas las estrellas del antiguo manto de la Virgen, dos primitivos nazarenos, de pie, pasan revista a los hermanos que van llegando. Pase de revista a lo divino:

—Hermano, buenas noches, se le ven los bajos de los pantalones, remángueselos.

Y el nazareno se los remanga. Mientras, están revisando de zapatos a punta de capirote a otro que acaba de llegar:

—Hermano, recójase las mangas, se le ven mucho los puños de la camisa.

Y la calavera, allí, entre los dos farolitos de las cruces de Jerusalén, parece como si con sus cuencas vacías contemplara cómo todo va siendo como siempre fue. Los dos nazarenos celadores y veladores del rito revisan sobre todo a los hermanos cuando se arrodillan para rezar las preces de rigor. Se colocan de tal forma que el nazareno sea vigilado desde que entra hasta que accede al atrio y ya se puede descubrir. En ese compás hay 17 búcaros de agua. Allí están los manigueteros con sus túnicas de terciopelo morado, los antoninos, el que ha de llevar la espá esnúa del Dogma, el que, solo, tras el preste, cerrará el cortejo más impresionante. Allí, ruán y esparto, cuellos blancos sobre el ruán negro, los más sonoros apellidos de toda la vida en la hermandad: Ybarra, Dávila, León, Conradi, Aguilar, Gordillo. Ya empieza el fervorín del hermano mayor. Ya el flexo metálico ilumina la cara del secretario, que va pasando lista a la nómina completa de la cofradía, empezando por el diputado mayor de gobierno:

—¡Estáaaaaaaaaa!

Y así una sucesión de:

—¡Estáaaaaaaaaa!

El más secreto y auténtico «a esta es» de la Madrugada. Hasta que es nombrado el último ruán tras el palio de la Virgen de la Concepción. La noche también está. Desde fuera se oye el rugido de una calle que espera impaciente el arranque de la Madrugada. Silencio en el Silencio, con la cofradía formándose. El runrún de la gente de fuera es como el tronar del infierno junto al paraíso de este Silencio interior, que van contemplando las cuencas vacías de la calavera de la Mesa de Disciplina. Sevilla. Ni más ni menos.

Antonio Burgos

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