Fragmento de la película «Semana Santa de Sevilla» de Juan Lebrón
ANTOLOGÍA DE LA SEMANA SANTA DE ANTONIO BURGOS

Los hijos de Lebrón

Por  0:10 h.

Nunca he sabido de quién fue la idea, si de Carlos Colón o de Juan Lebrón, y he sido tonto, porque nunca se me ha ocurrido preguntárselo a ellos. El caso es que en aquellos finales años 80 del siglo pasado, cuando Sevilla todo lo hacía “de cara a la Expo” (echándole algunos al asunto bastante cara por cierto para dar el famoso pelotazo del 92), no sé si a Carlos Colón, su guionista, o a Juan Lebrón, su productor, se le ocurrió hacer la Magna Hispalense en versión cinematográfica: una gran película sobre la Semana Santa. Si habían pensado antes en Manuel Gutiérrez Aragón o si acordaron este director cuando ya tenían planteado la cinta, tampoco lo sé. Lo que sí comprobé luego es que en esa gran película sin actores y sin argumento…– Pare usted el carro, que el actor, por ejemplo, es el Señor de San Lorenzo y el argumento nada más y nada menos que la Pasión según Sevilla, ¿le parece a usted mal actor y le parece a usted poco argumento?

Bueno, lo que sí comprobé luego es que esa película sobre la gran fiesta religiosa de la ciudad soñada había logrado lo que, por ejemplo, nos falta sobre los toros: una cinta definitiva, que meta al espectador en los tuétanos de lo visualmente contado, en sus supremas verdades, sin concesiones y sin falsedades efectistas. “Semana Santa” es ya un clásico, que por cierto ahora es también vino viejo en odres nuevos, pues han aplicado a la cinta las nuevas tecnologías digitales, la han vertido en soporte DVD y no vean cómo ganan calidades las imágenes y los sonidos. Se escucha el paso racheado de la cuadrilla del Señor como si llegara a la salita por el pasillo de casa…

Lebrón y Colón impusieron un modo de filmar la Semana Santa. Cuando veo en las televisiones locales los anuncios de vídeos y otras baratijas visuales más o menos coleccionables, me digo:

— Míralos, los hijos de Lebrón…

Los del vídeo copian a Lebrón por la misma razón por la que en la literatura cofradiera verbal o escrita se copió durante mucho tiempo a Rodríguez Buzón: porque impuso un estilo. Pero si importante ha sido lo de la imagen, mucho más lo del sonido. No sé si a Lebrón o a Colón, pero se les ocurrió coger las marchas clásicas de Semana Santa y que las tocara la Orquesta Sinfónica de Londres. Una maravilla que le devolvía a estas piezas toda su grandeza sinfónica, su inmensa riqueza musical. Ningún chundarata para mecido de bambalinas sonaba a ratonero, sino celestial. Desde entones, ¿cuántas marchas hemos oído a orquesta, a conjunto de cámara, a órgano? Cientos. Las marchas según Lebrón. E igual que sus hijos de la imagen llegan a la teletienda, sus hijos del sonido llegan hasta la esquina de Rioja con Velázquez. Allí, la otra mañana de compras, con la calle así de gente, estaba en los soportales de Maximo Dutti un delicioso cuarteto de cámara con unos jóvenes músicos tocando “Corpus Christi”. ¡Cómo sonaba aquello de bien! Me quedé embelesado escuchándolos, y porque tenía que hacer un mandado, que, si no, aún estoy allí. Cuando volví de hacer el mandado, empezaban a tocar “Virgen del Valle”. Otra maravilla. No pude escucharla entera, porque me esperaban en el Hotel Colón. Tiré por San Eloy y al lado del nutricio escaparate de los jamones y el bacalao, otro hijo de Lebrón. Un solo músico. Un chaval con su violín, con la funda abierta en el suelo a modo de salvilla de limosnero, estaba dale que te pego al arco y a las cuerdas. ¿Y saben qué tocaba? No Mozart, no Beethoven, no Strauss. Tocaba López Farfán. En la calle San Eloy, a la luz de la mañana, el solitario violinista del tejado de la primavera tocaba “Pasan los campanilleros”…

Antonio Burgos

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