Rafa Serna pronunciando el Pregón de la Semana Santa / J. M. SERRANO
EL RECUADRO

Mi Rafa Serna

«Rafa se daba tan poco importancia en la magnitud de su arte, que como un novillero sin caballos, como su hijo Rafita entonces, se me abría de capa en cada folio nuevo del pregón que iba escribiendo»
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Hoy le pongo a Andalucía el nombre de Rafa Serna. ¿Será por verde y blanco? Verde de óle, óle, óle Betis olé de su himno del centenario del Glorioso. Verde de la cera del último tramo de cirios de su Hermandad de la Macarena, donde más que a la Virgen de la Esperanza, le rezaba, ¿qué digo le rezaba?, le hablaba a su Señor de la Sentencia. Verde de su Rocío de Sevilla, de coro y tamboril, de antiguas salidas tras misa de alba en las que su suegro, Pepín Lirola, llevaba con su chaquetilla corta impolutamente blanca la dorada vara de hermano mayor. Verde de la humedad del invierno en los muros de su Costanilla. Verde de la sombra de los pinos del camino de chumberas y lirios peregrinos de ese mismo Rocío bajo los que transcurría la historia de amor de su primer gran éxito como compositor, cuando María del Monte vendió más de 1.200.000 copias de su “Cántame”. Verde de los ojos verdes de su canción eterna, “Se te nota en la mirada”.

Se le notaba en la mirada a Rafa Serna, cada vez que nos veíamos, que no nos encontrábamos nosotros, sino que éramos continuadores de una antiquísima amistad de cuatro familias de comerciantes sevillanos, de la Alcaicería, de la calle Lineros, del Salvador, de la Avenida: los Mesa, los Lirola, los Bono y los Burgos. Nos unía un pasado de sastrerías y zapaterías. La familia materna de Rafa vendía zapatos en las Tres B, que eran en realidad las dos B de Betis Balompié, a las que el gancho comercial había ampliado a las de Bueno, Bonito y Barato. La familia política de Rafa, la de Pepe Mesa, el abuelo de Magdalena Lirola Mesa, vendía ropa hecha en la Alcaicería, y eran de Pasión. Y, ay, sevillistas, cosas del destino: allí, en la Alcaicería, no pudo poner Rafa, al casarse con Magdalena, la B de su óle, óle, Betis olé.

Por eso con Rafa a mí se me ha muerto parte de mi pasado familiar de mostrador, calzador y Zafarrancho Vilima; de capotes de agua colgados en la Alcaicería; de los zapatos de aquel rinconcito de las columnas de los soportales del Salvador. Y sé, porque me obsequió con el regalo inmenso de su amistad y de su confianza, que ya está en las marismas azules del cielo, como los buenos rocieros, el que en el centenario de la coronación de la Patrona de Almonte dio en la ermita ese pregón y escribió música y letra de esa Cantata de las Marismas única que a tantos hizo llorar. Como nos hace llorar ahora saber que Rafa era tan gloriosamente bético que ha convertido en verdes, en verdes campos del Edén, esas marismas azules del cielo donde llevan los caminos desde El Salvador. No “me pongo mi sombrero”: me lo quito ante ti, Rafa.

Me hizo su cirineo literario cuando estaba escribiendo su irrepetible pregón, que no sabíamos entonces que lo iba a dar cuando acababa de saber que ya tenía papeleta de sitio con La Canina. ¡Así le habló a su Señor de la Sentencia aquella mañana del pregón! Era como un anticipo a cuenta de las cosas que ahora le estará diciendo cara a cara, en un cielo de plumas de los viejos armaos que hicieron también el recorrido definitivo, a los sones de “Abelardo”, en una tarde de Jueves Santo ya eterna. Rafa se daba tan poco importancia en la magnitud de su arte, que como un novillero sin caballos, como su hijo Rafita entonces, se me abría de capa en cada folio nuevo del pregón que iba escribiendo. Raro era el día que no me llamaba:

— A ver, Antonio, qué te parece esto.

Y me leía un emocionante poema de su pregón. Le decía:

— Ahí te interrumpen con aplausos lo menos dos veces.

Hasta en un autobús turístico colorado de dos pisos, en un puente de Tosantos con mis nietos en Londres, junto a la noria del Támesis, he escuchado en mi teléfono la voz ilusionada de Rafa que me llamaba para leerme los últimos versos que para el pregón había escrito aquella noche. Siempre con una sonrisa. Siempre con una entrega a los demás. Siempre con un pellizco de gracia, de arte, de inspiración. Siempre con toda Sevilla en su alma. Hizo realidad todos sus sueños de artista, no sin lucha, no sin amarguras. Su colega de pregón Alberto García Reyes lo ha dicho mejor que yo: “Monumento de sevillanía”. Y como estamos en el día que estamos, como se nos ha ido para siempre a las marismas azules el poeta, el músico, el pregonero, el amigo, no sé si se me nota en la mirada llena de tristeza que hoy le pongo a Andalucía el nombre de Rafa Serna.

Antonio Burgos

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