Un diputado controla los horarios en la salida de la Carretería / J.J. ÚBEDA
ANTOLOGÍA DE LA SEMANA SANTA DE ANTONIO BURGOS

El palermo de Juan Castro

Juan Castro hacía Sevilla al andar. Al andar, palermo en mano, de diputado mayor de Gobierno de Sevilla, Viernes Santo de Carretería, Jueves de Corpus y romero, mañana de nardos y campanas de la Virgen en agosto
Por  0:05 h.

Aunque tuvo dos varas doradas de hermano mayor, Carretería y Pura y Limpia, siempre imaginé a don Juan Castro Nocera con el palermo en la mano. El cirio apagado que mantiene la llama de la tradición. Recuerdo ahora así a Juan Castro. Con su palermo va de fiscal de paso de las tradiciones de Sevilla. De celador del último tramo de las costumbres clásicas cuya pérdida nos canta El Pali. De diputado mayor de gobierno en la procesión de gloria de la vida de los muchos barrios que componen el universo del Arenal: la Carretería, la Cestería, el Baratillo, el Postigo, las Atarazanas, el Pópulo.

Conocí a Juan Castro cuando el Consejo de Cofradías radicaba en Los Venerables y no lo presidía un capillita, sino un cura, don Emilio Aguilar Vera. Si no las cofradías, que quizá también, Juan Castro inventó el Consejo, con José Luis de la Rosa, con José Luis Campuzano y aquella nómina de joseluises de una Semana Santa en la que no se sospechaba entonces que había de conocer tiempos de mayor esplendor. Juan Castro era La Carretería. Muchas hermandades son un apellido, un nombre. En las clásicas, el máximo cambio que se opera es el paso del poder de un apellido a otro. En La Carretería, de los Contreras a los Castro, del gremio de tejidos al de la paquetería, con el intermedio setefillesco de don José Montoto de hermano mayor. Juan Castro hizo en la calle Varflora el más difícil milagro sevillano: que La Carretería se pareciera a La Carretería y a ninguna otra; que fuera ni más ni menos que ella misma.

Aún lo estoy viendo en la capilla sin ampliaciones ni casa de hermandad, en la siesta sosegada y en calma del Viernes Santo. Juan Castro lleva puesta su mortaja. Quiero decir que parte la pana lisa de su azul túnica carretera, la medalla al cuello. En la mano tiene la lista de la cofradía. Este año salen muchísimos nazarenos: ¡lo menos cien! Y Juan Castro va pasando lista, muñidor de la mejor Sevilla, tramo a tramo, insignia a insignia, cirio a cirio. Los nombres familiares que va leyendo son como un rosario de los misterios gozosos del Arenal. Así es su vida entera. Juan Castro va desgranando cirio a cirio la gloria antigua y romántica de la Virgen de la Luz o el seise hecho capillita de la Pura y Limpia en el Arco.

Y luego, cuando se ha obrado el milagro de que los pasos no sólo salgan de la capilla, sino que den la vuelta bajo los geranios de un balcón, Juan Castro se pone su capirote, toma su palermo y se pone a andar, a andar, a andar. Juan Castro hacía Sevilla al andar. Al andar, palermo en mano, de diputado mayor de Gobierno de Sevilla, Viernes Santo de Carretería, Jueves de Corpus y romero, mañana de nardos y campanas de la Virgen en agosto. Como hacía tertulia con mi alfayate y me dejaba en su comercio las convocatorias de cultos de nuestra Pura y Limpia y me comentaba los frutos de su heracleo trabajo de levantar el decaído Corpus, un día le dije:

-Don Juan: a usted se le da un palermo, se le pone en la Venta Ruiz, y si es llevando una cofradía, es capaz de llegar andando hasta Cádiz…

Por el barrio se le veía con su paso racheado. Inconfundible andar de cofradía. Iba de Varflora al Arco, del Mayor Dolor a la Pura y Limpia. Para Juan Castro, la capillita del Arco, al cambio, era el Vaticano. Lo hizo valer y consiguió que todo un Papa viniera a coronar a la verdadera Purísima, la de Murillo es una copia. Por ese Arco, como una cofradía que tiene que cumplir horario en La Campana ante el Supremo Palquillo, se ha ido para siempre don Juan Castro. Habrá llegado al cielo palermo en mano, con su andar racheado de capillita clásico. Y habrá podido comprobar lo que creemos firmemente todos los del Arenal: que el Arco del Postigo del Aceite no da al río, sino directamente al cielo.

Antonio Burgos

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