Armaos de la Centurua tras el misterio de la Sentencia de la Macarena / VANESSA GÓMEZ
ANTOLOGÍA DEL RECUADRO

Patrimonio inmaterial macareno

Por  9:00 h.

Si me preguntan (que no me lo preguntarán), qué noticia sevillana me ha impresionado más en el largo, caluroso y recién acabado agosto, habré de decir que una que quizá pasara inadvertida a muchos. Tiene que ver con la esperanza. En los tiempos que corren en esta España a la que ayer calificaba con voces tan nuestras como “descuajaringada y en tenguerengue”, hay que aferrarse a la esperanza. Y si esa Esperanza es con mayúsculas y está junto al Arco de la Macarena, pues no te quiero ni contar.

Antes que sea más tarde quiero citar esa noticia de agosto que no sólo me impresionó, sino que me emocionó. Fue que vino que la Hermandad de la Esperanza Macerana, igual que tiene su museo, quiere empezar a valorar y a constituir el tesoro de su patrimonio inmaterial, de todo lo intangible y lo invisible que forma en buena parte el ser y la esencia de los sentimientos de los hijos de la Madre de Dios. Y que ha empezado por la declaración como BIM (Bien Inmaterial Macareno, acrónimo que me acabo de inventar) de una voz que cada mañana del Viernes Santo que la escuchaba, rota, ronca, acaracolada, entusiasmada con su Señor de la Sentencia, me recordaba el poema de Rafael Montesinos: “Salgo de esta Madrugada medio loco y medio muerto”. Sí, la Hermandad de la Macarena, “entre Rosario y Sentencia”, ha declarado monumento inmaterial la voz del que fue su capataz de Cristo, del muy flamenco Miguel Loreto Bejarano. La voz de Loreto en el martillo del paso de la Sentencia era macarenismo puro, de muchos kilates de sentimiento. Espero que esa voz de Miguel Loreto, aún viva en la memoria, sea la que pronunció aquella frase que inmortalizó José Félix Machuca en una entrevista cargada de vida que le hizo cuando el pobre Miguel pasaba sus últimas horas con los dos relojes que usaba en el Hospital de la Caridad, donde estaba acogido. Fue aquella frase de una mañana de Viernes Santo, viniendo “medio loco y medio muerto” de pasear al Señor de la Sentencia por Sevilla, y que en una de las últimas llamadas que hizo a su cuadrilla para levantar el paso a las puertas mismas de la Basílica, dijo Miguel Loreto, como un evangelista popular:

— Si no habéis visto hoy a Dios es que estáis ciegos.

Porque se trata de un museo sin más vitrinas que la memoria y el corazón, pero si hubiese que exponer ese incalculable tesoro inmaterial macareno faltaba sitio en toda le explanada del antiguo Hospital, donde ensaya la Centuria. Junto a la voz de Miguel Loreto, yo pondría la de Marta Serrano, y a ser posible en su adornado y colgado balcón de la calle Parras, cantándole a la Virgen aquella memorable saeta en forma de cariñosa riña al regreso de su Coronación en 1964: «Madre mía Macarena,/no me lo vuelvas a hacer:/que te fuiste por tres días/y has tardao siete en volver».

Y pondría en ese tesoro inmaterial macareno el tintineo de las mariquillas de la Virgen en las que se refleja en la cera ardiente de la candelería. Y esa creencia popular, que es totalmente cierta, de que de vuelta la Esperanza trae cara de cansada, casi con ojeras, de pasar toda la noche fuera de su casa. Y pondría muchos versos de Rodríguez Buzón. Y pondría el corneterío de la banda de la Centuria tocando “Abelardo” en el alegre recorrido para ir a recoger a su capitán. Y el redoble del tambor de Pepe Hidalgo. Y el saludo romano de Pepe el Pelao, su puño cerrado sobre un corazón verde y morado que no le cabía dentro de la coraza. Y esos terciopelos chafados y con la color perdida de los capirotes del último tramo de cirios verdes. Y el humo del paquete de Celtas de Juan Marín Vizcaíno en el atrio. Y el laboratorio ambulante de análisis clínicos que lleva Luis León para determinar sin prueba alguna quién tiene la sangre verde. Y el sonido del racheo de las sandalias de los armaos sobre los viejos adoquines con vías del tranvía de la Correduría, por Las Siete Puertas. Y lo más universal: “Coronación de la Macarena”, la marcha que compuso un asturiano, don Pedro Braña, tocada en el órgano de la Catedral de Sevilla por un aragonés, el Padre Ayarra. ¿Será por patrimonio inmaterial macareno?

Antonio Burgos

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