El poeta Joaquín Caro Romero, tras el coche mortuorio de su hija Livia, camino del cementerio
EL RECUADRO

El penitente de La Borriquita

«Tu soledad de insólito penitente de La Borriquita no la retrató nadie, más ahora que la evoco con palabras, como han fotografiado esta otra imagen tuya, ya en tu madurez, con tu obra poética hecha y derecha y tu Himno de la Esperanza en el "ahí queó" de la Historia»
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Hace ya semanas que te debía este artículo, querido Joaquín Caro Romero, querido compañero de tantas cosas, de escritura, de ABC, de “Sevilla al día”, de Academia, por la triste prematura muerte de tu hija Livia, que nos dio a todos, desgracia tras desgracia, ejemplo de superación y de Esperanza. Te chocaría que Burgos, que le hace un gorigori hasta a un betunero, no te hubiera dedicado un artículo en la triste hora de la marcha de un alma angelical como Livia, que podía estar en el “Sobre los ángeles” de aquel Alberti cuyas coplas de Juan Panadero nos recitabas de memoria con tanta intención en el ABC de Cardenal Ilundaìn. Y te diré por qué hasta hoy no he saldado esta deuda en forma de artículo: por respeto a tu dolor y al de tu mujer Inmaculada, a la que conociste cuando fuiste cronista de la Coronación de la Esperanza Macarena y ella, madrina en representación de nuestras Hermanas de la Cruz, en cuyo colegio estudiaba. Ahí hay un poema de amor que nadie ha escrito, querido Joaquín. Como hay un poema de dolor en la fotografía que he visto en los papeles y me mueve a romper mi silencio, sabedor de que las penas con soledad son menos y que lo mejor era respetar vuestro silencio.

La fotografía que me mueve a romper ese respeto a vuestro dolor y silencio, querido Joaquín, está tomada junto al Tanatorio. El coche fúnebre que lleva el blanco ataúd de Livia marcha al cementerio. Tras el coche, que en la fotografía hasta se le ve pensando y penando y sintiendo y recordando, solamente va un hombre solo. Sin más acompañamiento que su propia soledad. Ese hombre, nada menos que todo un hombre ante la muerte de su hija, eres tú, querido Joaquín Caro, querido Adonais de la calle Dueñas, querido compañero de ABC, en cuyas páginas debutaste con aquellas maravillosas crónicas de viaje río abajo, en la estela de la Alcarria de Cela o los campos de Níjar de Goytisolo. Aquel Guadalquivir de tus crónicas han sido ahora, como dijo en tan buen verso un poeta tan ripioso, los guadalquivires de pena que han anegado en estos días vuestros ojos, queridos Joaquín e Inmaculada.

¿Y sabes qué me ha evocado esa foto, tú solo, completamente solo, como un gran torero de tus crónicas taurinas con versos de Jorge Guillén, tras el coche fúnebre de Livia? Pues algo de lo que quizá hasta tú te hayas olvidado, pero que tus buenos lectores y compañeros recordamos perfectamente. Cuando muchos Domingos de Ramos, hace ya muchos años, cuando ni habían coronado a la Esperanza ni habías conocido a Inmaculada, ibas de algo tan insólito y desde luego que nunca más repetido: de penitente tras el paso de La Borriquita. Sí, Joaquín Caro, tras el coche mortuorio de tu hija Livia me has recordado al nazareno del Amor que fuiste, solo también entonces, tantos Domingos de Ramos, como penitente de La Borriquita, con tu túnica negra de hermano del Amor tras la blancura infantil de los nazarenitos de palma rizada que tenían la misma pureza de alma que Livia.

He contemplado, como si fuera el mar de la vida, la foto que me ha conmovido y que ha publicado Carlos Navarro Antolín. Y me ha parecido no ver a este Caro Romero maduro de hoy, atravesado por la lanza del dolor, sino al joven de aquellas primaveras de amores mundanos transido por el Amor a lo divino del Crucificado que venía tras su solitaria cruz penitente. Al fin y al cabo, es lo mismo. Tu soledad de insólito penitente de La Borriquita no la retrató nadie, más ahora que la evoco con palabras, como han fotografiado esta otra imagen tuya, ya en tu madurez, con tu obra poética hecha y derecha y tu Himno de la Esperanza en el “ahí queó” de la Historia. Pero es la misma soledad y el mismo sitio: tu túnica negra en forma de terno de luto tras el alma pura de una muchacha, en esta batalla contra la muerte, en la que dijo el clásico que paz es cuando los hijos entierran a sus padres y guerra, cuando los padres entierran a sus hijos. Como vas de penitente, querido Joaquín, no te voy a pedir un caramelo ni cera. Simplemente te voy a pedir perdón por haber tardado tanto en acompañaos a ti y a Inmaculada en ese dolor intransferible de tu soledad en la foto de un antiguo penitente del Amor en La Borriquita tras el blanco ataúd de tu hija Livia. Con tu Cruz.

Antonio Burgos

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