ANTOLOGÍA DE LA SEMANA SANTA DE ANTONIO BURGOS

Riñas con el Gran Poder

Quien vivía en aquella casa era precisamente aquel hombre que también se enfadó con el Señor por la muerte de su hijo.
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Por si no lo leyeron, dejemos que lo vuelva a contar ella misma, con su lenguaje desgarrado y lleno de sentimientos, tal como se lo relató en estas páginas a Juan Miguel Vega el otro día:”Mi gran devoción es el Gran Poder, pero estoy muy enfadada con El. Cuando me quedé embarazada de mi tercer hijo, los médicos me dijeron que el niño podría tener algún problema por mi RH negativo. Le prometí al Señor que si nacía bien se llamaría como El. Nació bien y le puse de nombre Jesús. Egoístamente, pensé que por eso iba a estar protegido, pero mi hijo murió el 1 de enero del 2000 con sólo veinticinco años. Le pregunté al Gran Poder por qué me hizo esa putada y me dije que nunca más volvería a verlo. Pero me he comprado una casita en la calle Eslava y ahora lo tengo enfrente. Le digo:

–Anda, hijo, voy a tener que verte por narices…

Ya he ido dos veces y creo que estamos empezando a perdonarnos.”

¿Quién cuenta esta historia con tal desgarradora fuerza dramática sobre la putada que le hizo el Gran Poder? Es Concha Pino, la vidente. Aunque su oficio sea adivinar el futuro, en su devoción adivina el pasado constante de las relaciones de los sevillanos con el Gran Poder. Ninguna otra advocación de Cristo es tan humana como el Señor de San Lorenzo. Basta irse por la basílica, cualquier tarde, y pegar la oreja. La gente, más que rezarle, le habla al Gran Poder, le pide cosas. Porque sabe quizá que es la más humana de las personas divinas. En un besamanos de Domingo de Ramos, en la cercanía del Señor, yo he oído cómo las mujeres se dirigen a Él llamándole siempre Hijo, nunca Padre, cómo le cogen las manos maternalmente. Y hablándole de tú, naturalmente. De tú a tú. Porque el Señor de Sevilla es siempre uno de los nuestros.

Estas peleas con Alguien tan cercano no son nuevas, a poca memoria de nuestras cosas que se tenga. Forman parte de las más hermosas leyendas de Sevilla, que se siguen acuñando, en escritura automática de Bécquer en su propio barrio. A Concha Pino le ha pasado como aquel sevillano que fue a pedirle un día y otro al Gran Poder por la vida de su hijo y que cuando murió su ser querido, acudió enfurecido a San Lorenzo para decirle:

— Que sepas que no vengo más a verte. Si me quieres ver, vas a tener Tú que ir a mi casa…

Y fue aquel traslado del Gran Poder hasta un barrio alejado, en la Misión General de Sevilla, aquella noche que de golpe se abrieron los cielos y se puso a llover si tenía que llover, cuando los hermanos que llevaban la imagen del Señor en parihuelas buscaron refugio en un portalón que cerrado vieron y a cuyas puertas llamaron. Quien vivía en aquella casa era precisamente aquel hombre que también se enfadó con el Señor por la muerte de su hijo. Bajó al oír la llamada y las voces, abrió la puerta y se encontró con que el Señor se había presentado en su casa. Aquel amigo con quien se enfadó y a quien retó en la visita.

Siempre acaban bien estas humanísimas riñas con el Gran Poder. No sé de nadie a quien el Señor le haya retirado definitivamente el saludo, por más que aparentemente, en su poderío divino, nos haya hecho alguna faena, como se le queja Concha Pino. Seguramente los teólogos, que no saben ni papa de las cosas del Hijo de la Macarena, no pueden explicarse estas peleas a lo divino. Pero enfadarse con el Señor de Sevilla, reñirle, pedirle cuentas, echarle en cara lo que ha dejado de hacer, como ese amigo cierto de las horas inciertas al que le exigimos que nos eche un cable cuando estamos asfixiados, es la mejor forma de proclamar su Gran Poder.

Antonio Burgos

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