El antiguo Simpecado del Rocío de Triana, en la aldea / ABC
ANTOLOGÍA DE ANTONIO BURGOS

Sábado de Candelaria

Por  0:05 h.

Como no soy traidor, aviso que considero que la Virgen del Rocío es antes que nada y fundamentalmente la Patrona de Almonte. La Virgen no tiene más dueño que su natural rima con los almonteños. El Rocío es una de los muchas señas de identidad que Andalucìa y Sevilla le quitaron a Huelva. Sevilla le quita a Huelva hasta el atardecer. Ese hermoso atardecer de Triana del que tanto hablan, no es de Sevilla: es de Huelva. Te pones en el puente de Triana y ves ponerse el sol… en Huelva.Al Rocío le pasa como al sol trianero del atardecer. Siendo la fiesta y la devoción de un pueblo de Huelva, se lo apropió Sevilla y se lo trajo a Triana. Como fiel observante de la fe almonteña que soy, cada vez que voy al Rocío, casi siempre fuera de la romería, pienso en cuánto Sevilla le quitó a Huelva por el procedimiento del tirón. El sábado lo pensé más todavía. Fui al Rocío con ocasión de eso que los rocieros madrileños de la Hermandad Filial del Ave llaman “las ferias de la Candelaria”. Ya saben, para los rocieros de Madrid, que interpretan a Huelva según Triana, como existen faralaes y existen calesas, existen también dos ferias particulares: por la primavera, “las ferias del Rocío”; y ahora antes de Cuaresma, “las ferias de la Candelaria.”

Llegué al Rocío y había sido, en efecto, tomado por los madrileños de “las ferias de la Candelaria”, los cuales iban todos perfectamente uniformados. Ya saben: de montería. He llegado a explicarme por qué a los madrileños les gusta tanto el Rocío; he comprendido por qué vienen como los locos. Pero por muchos esfuerzos de imaginación que hago, no alcanzo a comprender por qué para venir a “las ferias de la Candelaria” se tengan que vestir de montería. Allá que iban en las que ellos llaman calesas, que casi siempre es un carrodoma impresentable. Ellas, con sus capas y sus sombreros, naturalmente que con pluma en la cinta. Ellos, con sus capotes y sus sombreros, naturalmente que con pluma en la cinta. Todos, de verde. Los veías y te preguntabas que por dónde iban a salir los venados de dieciocho puntas.

Y venían con toda su artillería de acompañamiento. De pronto, en la casa donde estábamos, se armó un revuelo. Alguien gritó:

— ¡Mira, mira, que ahí va El Golosina…!

Significaba su presencia que si estaba tan importante personaje rociero, era señal de que había venido Carmina Ordóñez. Ya saben: lo importante de “las ferias de la Candelaria” es saber si Carmina Ordóñez está o se le espera. Y nos fuimos a la ermita, a ver a la Virgen, cosa que me han dicho que los madrileños de la Hermandad del Ave no hacen. Y así debe de ser, porque en la ermita estábamos cuatro gatos. Pero gatos importantes. Con el mismo ardor con que gritaron lo del Golosina, dijeron, como cuando Rodrigo de Triana vio tierra:

— ¡Mira, mira, ahí está el niño de la Pantoja!

Menos mal. Ea, ya no hemos hecho el viaje en balde. Allí estaba, en efecto, Paquirrín. No de montero, sino con chandal, pendiente en la oreja y zapatillas de deporte. Vi que los presentes prestaban al niño de la Pantoja más atención que al Niño de la Virgen, al Pastorcito divino, y ahí empecé a entender las claves de la llamada Candelaria. Menos mal que luego, en el museo del tesoro de la Virgen, que con toda atención me enseñó un miembro de la junta de la Hermandad Matriz, encontré la verdad. Entre el rostrillo de Muñoz y Pabón, los recuerdos de los Orleáns, el galeón de plata del exvoto y la bula pontificia de la coronación de la Virgen en 1919, me encontré con el Rocío de verdad: con el de Almonte. Que gracias a Dios no tiene nada que ver ni con Triana, ni con El Golosina, ni con Paquirrín, ni con los monteros del Ave, ni con “las ferias de la Candelaria”.

Antonio Burgos

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