Los seises durante el triduo de carnaval en la Catedral / JUAN FLORES

Seises sin Ayarra

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Su familia recogió ayer la Medalla de Sevilla que la ciudad, como suele ocurrir, ni pensó en dársela en vida y que ahora, como es triste costumbre, se la han entregado a título póstumo. ¡Qué avío dan los títulos póstumos para lavar las malas conciencias de las injusticias cometidas con el reconocimiento en vida de la obra de muchos sevillanos en pro de la ciudad! Sevillanos de nación o de adopción, como es el caso del padre don Enrique Ayarra, el canónigo al que el órgano de la Catedral hizo más sevillano que el romero de esta mañana de Corpus o que los escaparates eucarísticos de la calle Francos anoche.

Este artículo es, pues, como otra medalla al Padre Ayarra, pero del mejor oro: el de la memoria, el de su ausencia. Hoy, por vez primera en muchos años, cuando la Custodia de Arfe con el Santísimo enfile la Puerta de San Miguel, antes que la toque la música militar de la compañía de honores formada ante Correos, no estará el Padre Ayarra para ofrecer al sacramentado Rey de Reyes los sones emocionantes de la Marcha Real con todo su esplendor en los òrganos de la Catedral. Que yo recuerde, pasó por vez primera aquel año en que un ministro socialista de Defensa cuyo nombre no me da la gana de recordar prohibió que la tropa rindiera honores al Santísimo en la Custodia, ni que le presentara armas, ni que la música de la formación tocara la Marcha Real. Recuerdo como si lo estuviera oyendo al Padre Ayarra, un español de Navarra, un sevillano de Huesca, que con aquella rectitud y aquella libertad que le daba la Verdad del Evangelio, cuando le comenté lo de la Custodia y el himno nacional, me dijo muy resueltamente aragonés:

— No se preocupe usted, que el Santísimo no se va a quedar sin Marcha Real cuando salga la Custodia por la Puerta de San Miguel. Ya se la tocaré yo al órgano.

Por eso echo hoy en falta, en este primer Corpus sin él, a mi querido Padre Ayarra, al de la diaria misa mañanera ante nuestra venerada Virgen de la Antigua. Como habré de recordarlo desde hoy todas las tardes de la Octava del Corpus, en el baile de los seises. Cuando, terminados los cultos, dada la bendición con el Santísimo, ya no haga en el órgano unas variaciones personalísimas e inspiradísimas sobre la copla que los seises hayan cantado y bailado esa tarde, sobre los estribillos de uva y de trigo del Maestro Torres, mientras todavía se oye desde la calle el sonido del alto repique de la Giralda. Ese repique de la Giralda de estas tardes, a las cinco, a las cinco y cuarto, a las cinco y media, convocando a los seises en honor del Santísimo, para mí serán tres recuerdos de la memoria del Padre Ayarra, de la grandeza que le daba a los cultos catedralicios con su maestría en los teclados y registros de un órgano que conocía mucho mejor que los cuartos de su casa y que cuidaba como a la niña de sus ojos.

Estas tardes de seises, jacarandas, magnolias y repiques de la torre mayor que estrenarán el junio eucarístico de Sevilla ya no estará el Padre Ayarra para hacer sonar en el órgano, terminados los cultos, lo que todos por dentro o de viva voz vamos cantando: “Alabado sea el Santísimo Sacramento/y la Inmaculada Concepción de María Santísima”.

O a lo mejor sí. A lo mejor resulta que entre los asistentes al baile de los seises, cualquiera de estas tardes, entre guiris y campanadas de los cuartos en el reloj del crucero ante la tumba de Colón, está un sevillano llamado Gustavo Adolfo Bécquer, y que él, y sólo él, oye lo que nadie oirá. Que sí, que está sonando, como antaño, como siempre, con tanto amor, con tanta delicadeza, con tanta sevillanía, el órgano de la Catedral con las más hondas melodías devotas y populares cuya letra se sabe “Todo el mundo en general”. A lo mejor cualquiera de estas tardes viene Bécquer al baile de los seises para dejarnos la que aquí únicamente esbozo, para que el lector la sienta completa: la leyenda de Maese Ayarra en el baile de los seises.

Antonio Burgos

Antonio Burgos

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