Nazareno de San Isidoro / VANESSA GÓMEZ
ANTOLOGÍA DE LA SEMANA SANTA DE ANTONIO BURGOS

Último tramo

Por  0:05 h.

Con su túnica negra, con su cirio al cuadril, con su mano sobre el antifaz del escudo bordado en sedas, en el último tramo, delante de este Cristo crucificado que ahora pasa con el dolor hecho escorzo escultórico, iba Javier todos los años. Como es una hermandad seria, y tras su Cristo no va música, y se oye el crujido de la cruz entre el racheo de las alpargatas de los costaleros, Javier nos veía y no nos hablaba. Sabíamos quién era Javier por sus andares inconfundibles. Aquel nazareno del cirio al cuadril y la mano sobre el antifaz del escudo de sedas que avanzando venía en el andante maestoso de la sinfonía popular de Lunes Santo. Nuestro presentimiento de que aquel nazareno no tenía más remedio que ser Javier se confirmaba instantes después, cuando, como en un rito anual, por un momento se quitaba la mano del antifaz, y como tocando con sus dedos el teclado del piano del aire de incienso de la primavera, nos decía adiós. Por debajo del antifaz adivinábamos su sonrisa bonachona de espíritu exquisito. Javier se nos fue una tarde, para siempre, sin que pudiera decirnos adiós tocando con sus dedos el teclado del imposible piano de la luz del dorado otoño de Sevilla. Lo pensamos la noche de su misa funeral en San Isidoro. Otros quizá evocarían en su sonrisa, cuando el cura familiar y amigo, en su homilía funeral, nos iba diciendo que Javier era un coleccionista de amigos. Yo pensé aquella tarde que el Lunes Santo, en el último tramo de aquella cofradía del Cristo crucificado en un escorzo de dolor, ya no habría un nazareno que me saludara, como amigo de su colección infinita y generosa, quitándose fugazmente la mano del antifaz.

Anoche, ay, pasó ese Cristo. Delante iban sus leales nazarenos del último tramo, los que salen desde cuando en esta cofradía iban cuatro gatos y cinco alquilones. Como Javier sacó la papeleta de sitio definitiva, ningún nazareno del último tramo me dijo adiós. El adiós de Javier lo recordé en los ojos del Cristo expirante. Por un instante su escorzo de dolor fue como la memoria presente de la sonrisa bonachona de Javier. Entre su infinita colección de amigos, este Cristo era el primero. Y su Cristo me lo recordaba. Como yo lo recordé.

Y me dijo el Cristo, con la voz del crujido de su cruz sobre el racheo de los costaleros, que la vida es como esta larga metáfora de los tramos de una cofradía. Cuando estábamos en el colegio, aquel primer año que ya tenía más que la edad, la estatura, y lo dejaron salir de nazareno donde de niño había ido de acólito, Javier nos saludaba con caramelos desde el primer tramo de Cristo, casi detrás de la cruz de guía. La vida y el discurrir del tiempo consisten en ir saludando cada vez más cerca del paso del Cristo a los amigos que salen de nazareno. En un abrir y cerrar de ojos los ves detrás de la Cruz, delante del Senatus, en el tramo de la bandera negra, en el de la bandera pontificia, en el último tramo de cirios verdes o negros. Primer tramo, segundo tramo, sexto o último son infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez. Ni más ni menos que la vida.

Hasta que un Lunes Santo se te viene todo el tiempo encima, toda la vida se te encampana con su dolor delante, cuando ves que aquel amigo del colegio que hace muchos años te dio un caramelo junto a una cruz de guía pasa ahora solemne, el cirio al cuadril, el silencio del respeto en el último tramo de su cofradía. En el último tramo de la vida. Hasta que un Lunes Santo, ay, ves pasar otra vez ese último tramo como si te contemplaras en el espejo de tu propia vida, y el amigo ya no está, y ningún nazareno te dice adiós. Entonces subes la mirada, y ves a un Cristo entre un escorzo de dolor. En ese escorzo del dolor del tiempo encuentras definitivamente todos los adioses de todos los nazarenos de todos los últimos tramos de la vida.

Antonio Burgos

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