Álvarez Duarte trabajando en su taller / J. J. ÚBEDA
IN MEMORIAM

Barroco

Me regaló varios tirabuzones de madera de la melena del Cristo, que habían sobrado. Luis era un chiquillo de poco más de treinta años
Por  0:10 h.

Es una fotografía en blanco y negro, y tengo que encontrarla, porque se la tengo prometida al hijo de una de las tres personas que figuran en ella. La fotografía es de 1980 o 1981, y en ella están, junto a la talla aún sin terminar -le faltaban leves retoques, aunque ya tenía puesta, provisionalmente, la túnica que le confeccionó Cerezal- del conocido como «Cristo de los futbolistas», monseñor Keegan, que creo que era arzobispo de Buenos Aires, Salvador Recio y el autor de la obra, Luis Álvarez Duarte. La fotografía está tomada en el estudio del escultor en la calle Aguiar. Cuando le llevé a Luis las fotos reveladas, me regaló varios tirabuzones de madera de cedro -¿dónde estarán esos tirabuzones?- de la melena del Cristo, que habían sobrado. Luis era un chiquillo de poco más de treinta años.

Al poco de aquello, Luis se vino a Gines. Los encargos que le hacían no cabían ya en su estudio de la calle Aguiar. No paró de producir, como no había parado desde que era un chiquillo, un adolescente de trece o catorce años. Imaginero de fama, confieso que a mí Luis me encantaba como barrista, aquella maestría que tenía para el trazo con el pulgar, que se le convertía en una voz de Génesis cuando creaba. Le conocí una exposición de su obra en barro y bronce en el barrio de Santa Cruz y me impresionó. Recuerdo algunas flamencas que en su quietud bailaban, y angelitos fijados en un precioso marco de madera adorando el Nacimiento de Jesús, que en eso había convertido el marco, en un Portal de Belén. Tiene Luis obras en la Semana Santa sevillana y esculturas taurinas que salieron de sus manos, como el monumento a Manolo Vázquez, aunque Luis tenía una debilidad de principio, la Virgen de Guadalupe que modeló cuando era un niño, y, por otra parte, dos debilidades como las dos orillas de la ciudad, la Macarena y la Esperanza de Triana. Un día, en su estudio de la calle Aguiar, me regaló una joya, una mascarilla del Gran Poder, de barro cocido, para que lo pusiéramos en la lápida de mi padre. Inolvidable gesto. Un medio gitano trianero, Paco, el Niño la Chata, que vendía lotería por Gines, que fumaba más que hablaba y que quiso mucho a mi padre de tratarlo en El Molino, no sé cómo se enteró y fue a verme a la Caja Rural: «¿Qué menterao, que Luí ta regalao un Gran Podé pannicho de tu padre?» Le dije que sí, y resbalando sus eses sevillanas, me dice: «¿Qué es, de bronce?» Y le digo: «No, de barro.» Respuesta de Paco: «¡Ah, barroco…!» Sí, Paco, barroco, lo que tú quieras. ¿Te acuerdas cómo reías cuando te lo conté, Luis? Hoy, lo recuerdo en tu muerte, madera, bronce y barro. Descansa en paz.

Antonio García Barbeito

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