La Esperanza de Triana / M. J. RODRÍGUEZ RECHI
EN CUARENTENA

Ciencias puras

Por  0:20 h.

Lo había hecho siempre con sus mayores, pero este Viernes de Dolores se ha presentado por primera vez sola en la Capilla de los Marineros. Ya es una adolescente y la independencia se pelea en cada mínimo gesto. La visita a la Virgen sobre el paso se había convertido en un rito familiar, quizás para sentir que, de alguna manera, todos formaban aún parte de Triana. Aunque ella sea ya la tercera generación de los suyos que vive exiliada después de que en los 60 sus abuelos tuvieran que marcharse a las Tres Mil desalojados por la fuerza de lo que entonces llamaban progreso. Ana ha ido hoy sin la compañía de su madre, que fue quien siempre tiró de ella para que conociera bien sus raíces y la que compraba las rosas. Y sin la de su padre, al que la salud terminó de traicionar hace unos meses. Hoy quiere continuar con esa ceremonia de reivindicación arrabalera de su clan y será ella misma la que este viernes ofrezca las flores.

Pero la personalidad se abre camino y la chica vulnera alguna costumbre, colocando entre el envoltorio de plástico transparente y los tallos una hojilla de papel, la de sus calificaciones del segundo trimestre. Ni ha logrado reprimir su orgullo ni quiere dejar pasar la cita de este año sin dar las gracias a la Madre por sus buenas notas en bachillerato. Nadie en su familia había llegado nunca tan lejos y los sobresalientes de matemáticas y de física han recargado su moral para lograr su sueño: ser la primera universitaria de su estirpe. Y enseñar lo que ella ha aprendido a quienes vengan después para acabar con el círculo vicioso de la marginalidad. La ciencia y la fe, envueltas en el mismo ramo y bajo el mismo palio. Quizás porque nunca hubo tantas distancias entre ambas. Y menos en un punto del planeta donde las fórmulas científicas y los cálculos se fusionan sin estridencias con la devoción y el hechizo. Por eso aquí los puentes tienen ojos, el agua es verde y no azul, los caballos trotan marcha atrás y hasta los mudos hablan por las esquinas. Erudición y dogma unidos, como tantas veces entre Betis y los Tejares, para romper muros de defensa. Es mujer, es gitana, es joven y vive en el Polígono Sur, pero la fortaleza que le dan sus raíces y la mirada morena que tiene delante hacen que sueñe con el retorno a la Cava cuando se gane la vida como maestra. «Pero si este año hasta ha dado una mujer el pregón, ¿cómo no voy a ser yo profesora? Ayúdame, marinera». El futuro del mundo pende del aliento de quienes van a la escuela. Nada está perdido si queda Pureza y queda Esperanza.

Eduardo Barba

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