San Gonzalo el Lunes Santo. Foto: Raúl Doblado
El misterio del Soberano Poder, entre los naranjos de su barrio / ABC
EN CUARENTENA

Emilio

Internet será la única ventana de la casa por la que entrará el aire de los suyos a refrescar las arrugas de su frente y calmar su desazón
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Con más problemas de los previstos y tras siete minutos de intentos fallidos, las instrucciones telefónicas de su hijo surten efecto y Emilio consigue conectar la cámara del ordenador portátil que su primogénito le había dejado en casa hace unos días para estar mejor comunicado en un momento tan excepcional y comprometido como el de este extraño marzo. El coronavirus es el muro de Berlín entre generaciones por prescripción facultativa y los nietos no pueden estar cerca de su abuelo hasta nueva orden. Que nadie sabe cuándo llegará. Internet será la única ventana de la casa por la que entrará el aire de los suyos a refrescar las arrugas de su frente y calmar su desazón. El rato de parque, de columpios, de calesita de León, de calentitos, de carcajadas, de miradas cómplices y de todos esos detalles que construyen la inolvidable relación entre Manuel, su hermana pequeña, Ana, y el dueño más viejo del primer apellido del clan han quedado confinados. Y así va a ocurrir también con la Semana Santa y las pequeñas tradiciones familiares de esos días. Especialmente una que todos estaban deseando volver a compartir, la de la salida a la calle el Lunes Santo de San Gonzalo, la hermandad del barrio, con los nietos de la mano a la sombra de los naranjos de la ​plazoleta y de la ​calle Azucena. Como siempre y como nunca.

Vive Emilio este trance maldito solo y enclaustrado entre las cuatro paredes de un tercero en López de Gómara. Pero en cuanto la cámara se conecta y se obra el «milagro» de acercar Triana con San Julián, desde donde los dos pequeños saludan​ entusiasmados​, el gesto de pesadumbre y contrariedad se ​transforma en la más amplia, noble e irrefrenable de las sonrisas del ​octogenario, que contiene incluso ​unas ​lágrima​s prestas a irrumpir por esa mezcla de inquietud, esperanza y nostalgia que estos días se extiende más rápido incluso que la pandemia. La alegría por esos minutos de presencia virtual ​al otro lado de la pantalla ​deviene en puro gozo cuando los niños anuncian la sorpresa que han preparado a su ​yayo: plastilina, cartón y música ​cofrade ​de fondo sirven de base para recrear el inicio de la estación de penitencia del Soberano Poder y de la Virgen de la Salud ​junto al portón de la parroquia. ​Las jornadas sin clases dan para mucho. ​Hay nazarenos blancos de cartulina, ​hay cinturones de esparto pintados a rotulador, hay ​velas con palillos, ​hay ​naranjitos verdes de celofán que hasta huelen a azahar, ​hay sol en todo lo alto, hay dos pasos completos y ​hay ​un amor indescriptible por un abuelo​​. Cuyos ojos, emocionados, ​rotos, ​se acercan tanto a la pantalla que terminan humedecidos, seguramente por el humo que sale de los​ ​guardabrisas del «Caifás», como él ha asegurado a los críos cuando le han preguntado si lloraba.

«Tú no tengas miedo, abuelo, que no va a pasar nada», ​certifica Manuel manejando la canastilla dorada con el izquierdo por delante​ y Garduño al frente​. «​E​l año que viene seguro que podemos ir juntos otra vez», apostilla la más pequeña cuando va terminando de abandonar la iglesia el palio empujado por su​ párvula ​mano. De nuevo colmado de ​felicidad tras el breve​ pero inmenso regalo del cielo​, Emilio​ se despide de​ su gente sosteniendo como puede el gesto sonriente. Y con el inevitable nudo en la garganta que le ​causa pensar que el almanaque no entiende de aplazamientos y que el año que viene ​le queda a él muy lejos.​ «La próxima primavera. Iré con ellos la próxima primavera, sí, vamos a poder», exclama para sí mismo con rabia. ​La fe es resistencia. Y la resistencia, fe. La mayor de las cofradías nunca sale a la calle. 

Eduardo Barba

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