Mensaje de los devotos a los pies del Señor del Gran Poder / ROBERTO PARDO
EN CUARENTENA

Los pies de Jesús

Por  0:19 h.

Hoy no es un viernes cualquiera para Jesús. Lleva más de dos años en la ciudad y al fin ha podido reunir lo suficiente para comprar unos buenos zapatos. Negros, como su piel. Baratos, mas aparentes. Donde nació y creció, tierra adentro nigeriana, el calzado es el mayor símbolo de prosperidad, incluso de dignidad, por eso esta mañana de estreno camina aturdido de emoción. Y no puede más que acordarse de su gente, de los cristianos perseguidos de Plateau y de la limpieza étnica que le obligó a huir de la misma forma en que lo hizo la pobreza más despiadada. Y del hambre y las vejaciones durante el interminable éxodo hasta la costa marroquí. Y de su primo Enmanuel cayendo al abismo del Estrecho demasiado lejos de la orilla para quien no sabía ni bracear. Y del olor a gasolina y muerte de aquella maldita barcaza que lo acercó a Punta Paloma. Y de los primeros días en la calle sobre unas sandalias destrozadas con las que evitar pisar directamente los adoquines. Y de aquellos días terroríficamente descalzo, por mucho que intente borrarlos de su cabeza. Y de las carreras para esconder de los policías el saco de prendas que le permite cenar. Y del piso en El Cerezo que ahora sirve de hogar para él y otros tres manteros. Hoy, hoy sí, sus pies transitan con protección y honra, un paso algo más lejos de la miseria y la afrenta social. Aún no tiene papeles, pero sí unos zapatos negros.

No parece haber mejor mañana para superar otra barrera y volver a San Lorenzo. Esta vez, no para quedarse junto a la puerta, asomándose de lejos, avergonzado por su aspecto y el de sus viejos botines agujereados. Este viernes, que para eso es el día del Gran Poder, va a ver cara a cara por primera vez al Señor de Sevilla. Aquel por el que su madre le puso el nombre que lleva. El del rostro ennegrecido de la estampa que alguien le entregó todavía en África y que metió en el bolsillo para rezar, a su manera, mientras intentaba alcanzar otra costa y otra vida. Quiere darle las gracias por estar vivo, a salvo y con un calzado como el de cualquiera de los que entran en la basílica. No lo conocía frente a frente, pero le debe el aliento de años para levantarse y seguir. Tiembla en su trayecto hacia el altar casi tanto como lo hacía aterido hacia las primeras arenas gaditanas. Y entonces se detiene, turbado, conmovido, ante la imagen del Padre. Entre el pedestal y la túnica malva, un detalle ignoto le conmociona: el Señor va descalzo. «Y hasta así pudo salvar al mundo…», piensa en el arranque de un llanto incontenible que mezcla con una nueva sensación de orgullo recordando su vida sin calzado. Hasta para las peores zancadas, es más difícil avanzar sin fe que sin zapatos.

Eduardo Barba

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