El Cristo de la Sed por Eduardo Dato, con la Giralda al fondo.
El Cristo de la Sed por Eduardo Dato, con la Giralda al fondo
EN CUARENTENA

Seis horas más

Por  0:35 h.

Veinte minutos para las siete. Maldito despertador. Acaba de disolver el onírico paseo que cruza los Jardines de Murillo y busca el corazón de la ciudad soñada por el Callejón del Agua. Se podía hasta oír entre el gentío la guitarra de Manolín en el rincón de la plaza de Doña Elvira donde se pone a pedir a cambio de cuatro acordes. La alarma activa de repente y abre las cortinas para que entre, impertinente, la cegadora realidad. Ducha, café en cápsula y metro sin perder un segundo mientras el sol empieza a reflejarse en los cristales de los edificios del Loop. El sonido no es el de Santa Cruz. Ni la luz. Ni el olor. Ni el ritmo. Definitivamente, la primavera en la orilla del lago Michigan no es lo mismo. «Hi, Andrew!». «Hellow, Lucy!». «Good morning, Andrew». «Good morning, Mike».

El frenesí de la oficina deja algún leve paréntesis en que entornar los ojos y superar el Atlántico para paladear la Cuaresma que ya se está viviendo en la cuna de los veintiocho primeros años. Cuesta soltar amarras en el primer marzo fuera del terruño. La mente se aleja unos segundos del despacho y se cuela en el almacén de Nervión en que limpiaba la plata de la candelería con los amigos hasta la hora de las cervezas donde Paco. Y en el vía crucis antes de subir al Cristo de la Sed al paso. Y en los ojos azules bajo palio. Y en el aroma a azahar que transita de Goya a Alejandro Collantes. Y en el pentagrama de Ione en el Muro de los Navarros. La insípida jornada se rompe de nuevo una hora después con vídeollamada al móvil. «Estupendamente, mamá». «Sí, el piso está lejos del centro, sí, pero en Chicago el transporte público es genial». «¡Claro que he desayunado ya, no te preocupes!». «Que sí, que estoy comiendo bien, que llevas preguntándome lo mismo desde enero…». «Las nueve y pico aquí, sí. Allí seis horas más, claro. ¿Vais a almorzar ya, no? Ah, que va mi hermano a comer con vosotros, qué bien, qué alegría, dale un achuchón fuerte de mi parte». «Hombre, tu bacalao con tomate, ¿no me voy a acordar…?». «Yo también os echo de menos, claro, pero no estés triste, por favor, que aquí pagan bien y es una oportunidad muy buena. Ya verás cómo este año puedo escaparme unos días aunque sea en agosto». La llamada se corta en seco justo en ese momento en que los nudos de las gargantas aprietan tanto que la presión licúa las pupilas. Andrés jurará siempre que él no le dio al botón rojo del WhatsApp para evitar que su madre lo viese llorar. O para no tener que verla a ella hacerlo.

Al caer la tarde a la espalda de los rascacielos, la melancolía no se va ni siendo consciente de que él es uno de tantos sevillanos que han debido alejarse para ganarse el pan y la sal. Esa otra estación de penitencia cuenta cada vez con más nazarenos. La hermandad de los desterrados. Que une amargura, mayor dolor, soledad, silencio y hasta bofetá. Y sed, mucha sed. Aunque a todo el nacido en esa tierra siempre le queda algo más: esperanza.

Eduardo Barba

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