EN CUARENTENA

Capital del asombro

Por  0:21 h.

Asombró a Robert Capa, a Marguerite Yourcenar, a Gustavo Doré, a Sorolla, a Antonioni. Y, sin embargo, ¿quién lo recuerda? A veces la Semana Santa queda encerrada en una mirada localista, miope y ensimismada. En torpes discursos sin vuelo, en charlas de aquí y ahora, en discusiones eternas y absurdas. Pero la ciudad está a punto de volver a ser esa hechizante capital del asombro que cautivó a grandes personajes de la cultura.

La Semana Santa de Sevilla fascinó al ilustrador Gustavo Doré en la primavera de 1862. Dibujó con estremecimiento al Nazareno del Silencio intentando captar un instante que sabía eterno. Sorolla pintó la luz y los colores imposibles en su cuadro «Los nazarenos. Sevilla». El avance de los encapuchados le hizo tomar conciencia de la muerte. Improvisó varios bosquejos de vocación abstracta porque le obsesionó el tiempo que se escondía en la escena.

El tiempo fue también la obsesión de Marguerite Yourcenar cuando descubre la Semana Santa de Sevilla, «ese extraordinario trozo de pasado que circula por la tortuosa calle Sierpes». Es la primavera de 1960 y la autora de «Memorias de Adriano» quiere visitar la ciudad del emperador. Recorrerá Itálica, leerá a Rodrigo Caro y su poesía del tiempo, pero en las procesiones descubrirá algo sorprendente que no creía haber visto en ninguna parte: «Se exteriorizaba y exaltaba en plena calle esa realidad trágica que todo en nuestros días se ingenia en esconder: el dolor, la soledad, la muerte, el sacrificio y el Justo condenado», escribiría en su ensayo «El Tiempo, gran escultor».

También el director de cine Michelangelo Antonioni encontró en Sevilla algo que buscaba desesperadamente. El cineasta viajó a Sevilla en 1983 con motivo de un homenaje que se le rendía. Pidió visitar a la Macarena y quedarse a solas ante la imagen. Al terminar dijo conmovido: «Tienen ustedes la suerte, sólo con venir aquí, de contemplar lo que toda mi vida he buscado: la esperanza».

Robert Capa captó la mirada mística del público mientras pasaba una cofradía allá por 1935 y Brassaï encontró el alma española en la Semana Santa, en esa mezcla de «contrición y exuberancia». Otra vez la ciudad sonámbula, enfebrecida, excesiva, dolorida y fascinante. Sevilla será otra vez la capital del asombro.

Eva Díaz Pérez

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