La luz y la sombra sobre la fachada de la parroquia de la Magdalena / J. M. SERRANO
EN CUARENTENA

Libro de las cenizas

Por  0:09 h.

NO todos lo perciben… Es un color diferente en las espadañas. Luz de pan de oro en el atardecer de las 19.20. El aroma del azahar antes del azahar. Una herida en el aire por la que se escapan arcángeles de La Roldana. El ruido impaciente de los insectos xilófagos que horadan el vientre de la madera. Son signos casi invisibles, escondidos en el paso anodino de las horas, guardados en los cajones de la memoria para quien sepa adivinarlos.

El Miércoles de Ceniza es como una de esas puertas históricas que desaparecieron de Sevilla. Hay quien aún puede intuir el perfil de lo que fue, el dibujo que queda en el aire y que nos recuerdan los grabados antiguos. Por esa puerta se entra en un territorio nuevo y, al mismo tiempo, repetido. Velas encendidas en las capillas, resinas quemándose en altares aún por levantar, flores que huelen a azúcar frío, armarios que guardan fantasmas de almidón planchado. Un libro de sensorialidad al traspasar esa puerta. Una puerta apenas entreabierta porque es día de cenizas, pero estamos aún en Carnestolendas. Frontera incierta y hechizante de la ciudad sin tiempo.

El Miércoles de Ceniza comienza algo parecido a lo que escribió Juan Ramón Jiménez en su «Diario de un poeta recién casado»: «En la primavera universal, suele el Paraíso descender hasta Sevilla». En las esquinas de la ciudad aguarda ya una brisa de limoneros, dulces de sartén, pañuelos aromados de Dolorosas, reflejos de candelerías, maderas barrocas que crujen y agonizan. Cosas que parecen imposibles en las ciudades de inteligencia virtual y alienante globalización de costumbres, pero que incomprensiblemente reaparecen al atravesar esta puerta del Miércoles de Ceniza.

En este libro secreto de la ciudad intuimos también extrañas sombras. Vagan por el caserío antiguo sevillanos desaparecidos hace mucho tiempo con un reloj lleno de cenizas. Y al pasar ante los viejos conventos, los jardines cerrados, la sombra de las sacristías, el sol en la cal de las paredes, los patios de luces tristes, recordamos al poeta Rafael Montesinos: «Parece mentira. ¿Yo/ por las calles de Sevilla?/ ¿Yo?/ ¿seré de verdad, Dios mío,/ o soy lo que ya pasó?». Y la alegoría que encierra todo: «Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris».

Eva Díaz Pérez

Eva Díaz Pérez

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