El Cristo de Burgos el Miércoles Santo de 2018 / RAÚL DOBLADO

Un oficio de tinieblas

«La ciudad se acerca a sus días festivos. Estamos en el zaguán o en el compás que recibe al visitante antes de que penetre en las estancias interiores, en el corazón la casa o del templo»
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Puede que los días de la Cuaresma sean los momentos donde se abre un jirón de niebla que nos traslada a la ciudad de otras épocas. Es como si fuera el aire más ligero, un velo de humo en el que es fácil crear una herida para atravesar al otro lado. Es el tiempo de los espíritus sensibles capaces de pasear por el espejo turbio y hechizante que separa los siglos.

La ciudad se acerca a sus días festivos. Estamos en el zaguán o en el compás que recibe al visitante antes de que penetre en las estancias interiores, en el corazón la casa o del templo. Por eso hay un juego de veladuras que recorren de escalofríos las esquinas y las plazas de Sevilla.

Este jirón de niebla nos invita a adentrarnos en un Miércoles Santo de cualquier siglo. Un Miércoles Santo de cuando se celebraban los Oficios de Tinieblas, esas liturgias casi perdidas que sólo se rescatan en algunos ceremoniales de reliquias o en programas musicales y teatrales que buscan la entraña auténtica del pasado.

Estamos en un Miércoles Santo perdido en el tiempo. Huele a lirios de Judea, ese aceite esencial que servía para aromar los lutos y que se vendía en la calle Francos. Era el olor del Miércoles Santo, cuando se celebraba el Oficio de Tinieblas. Entremos en templos que ya no existen. Los altares están tapados por un velo morado que se romperá en unos momentos. En el tenebrario resisten las trece velas: doce amarillas y una blanca que simboliza a la Virgen. Alguien, quizás una mano invisible, comienza a apagar las velas. Sólo permanece encendida la que representa a la Virgen.

Todo es silencio. Un silencio intenso, morado, resinoso. Un silencio que duele porque anuncia que algo terrible está a punto de suceder. De pronto, el silencio se rompe con un ruido atronador. Suenan las carracas que simulan la tempestad que ocurrió tras la muerte de Cristo. Justo a la hora de tercia. ¿Estamos viviendo esta tempestad del final de los tiempos? Qué estremecedora esta liturgia perdida, este teatro de la verdad. De pronto, todo vuelve a ser silencio. En la oscuridad se balancea levemente un ángel turiferario. Y se abre una herida de niebla en el aire para que atravesemos al sol del presente. Como si no hubiera ocurrido este Oficio de Tinieblas.

Eva Díaz Pérez

Eva Díaz Pérez

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